Discos

“El Ruiseñor, el Amor y la Muerte”, de Indio Solari

Un repaso por las obsesiones retratadas en el quinto disco de estudio del ex cantante de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

Hace dos años y medio Indio Solari confesó, parado en el escenario del Hipódromo de Tandil, que padece Mal de Parkinson. “Pero bueno, aquí estoy, hace rato que eso pasa, no me van a bajar del escenario así nomás. No hagamos una tarea de esto, todo el mundo tiene algún pariente que tiene alguna enfermedad. La vida es así”, dijo en aquella oportunidad. Unos meses después se conoció “Tsunami” una entrevista realizada por Mario Pergolini en modo documental audiovisual, grabada horas antes de enfrentar a su público aquella noche, en la que elogió a David Bowie por planear a Blackstar como su obra final. “Me pareció una obra maestra el último disco de Bowie. Es de un atrevimiento artístico… Escuché el primer tema y se me piantó un lagrimón. Es una oportunidad muy especial la muerte para librarte de tus compromisos y hacer lo que quieras”, reflexionó. Posiblemente El Ruiseñor, el Amor y la Muerte no sea el disco definitivo en la carrera de Solari, pero si así lo fuera sería un gran cierre. Entonces la muerte, esa musa eterna sobre la que Indio versó una y otra vez a lo largo de su obra, es la protagonista excluyente. Y si bien la revisiona con melancolía, sed de revancha e hidalguía, principalmente lo hace con una mueca amable. “El dolor más puro es el de haber sido tan feliz”, canta en la canción que da título al álbum. Esa visión positiva del asunto es una permanente, es la aceptación de los hechos, es cómo decidió plasmar aquella frase de que “la vida es así” en música. Y lo logra haciendo una tarea de esto, ya desde el arranque del disco, con “Pinturas de guerra”. Como sucedió antes en “Nike es la cultura” (El tesoro de los inocentes – 2004) y de una forma más clara en “Todos a los botes” (El perfume de la tempestad – 2010), el tema que abre cada obra del Solari solista se caracteriza por instaurar el caos desde el sonido. Bajo esa tormenta de guitarras y programaciones, Indio entona “Con pinturas de guerra / volveré a dar batalla. / Si la adversidad triunfa / dolerá porque fui feliz”. De paso reflexiona sobre la crepitud, esos “30 años que la ciencia nos ha dado después de los 50” como sentenció en la nota con Pergolini. “Todos esos jodidos que retienen la vida un poquito nada más / Siempre tienen a mano las más tontas razones / para mentir a gusto / siempre a gusto del poder”, lanza. Automáticamente después se aproxima a “La oscuridad”, quizás la canción más lograda del álbum, en la que juguetea con la idea de ir y volver de la muerte (“Me acerco a vos / pedís que no mire hacia atrás. / El equipaje pesará menos que la última vez”). Antes de alejarse de ella vela un homenaje a Eva Duarte de Perón y su discurso final pronunciado en 1951. “Yo sé, dejé jirones de mi vida aquí / Mi cautelosa libertad, mi risa infiel”, canta y rememora el “aunque deje en el camino jirones de mi vida, yo sé que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria” de Evita. De la oscuridad se sale entrando a “El callejón de los milagros” que nos introduce en una surrealista experiencia: la de compartir unas copas en unas mesas de un bar con Indio cantando en el medio del salón que “La Muerte que te mira, hace visera / Cuencas vacías Bang! Bang! Bang! / Estás atado en el piso del baño / boca abajo y Bang! Bang! Bang!”. ¿Hay algo más inverosímil que un antropofóbico en una cantina rodeado de gente? Acá todo se puede, y más si ese “Coro Anarco-Pontificio” está formado por parte de su círculo de confianza como su biógrafo, sus músicos y su asistente personal. De allí pasamos a “El ruiseñor, el amor y la muerte”, la canción que instala de forma definitiva el concepto del disco. Una balada de amor, claro, de un amor correspondido y perenne, que desnuda los sentimientos más profundos de Solari. “Será que ya no puedo bailar / el ritual simple y gris de un soñador”, murmura. ¿Alguna vez se había mostrado tan frágil? La destinataria parece ser su mujer, Virginia, a la que le pide “Buscá tu cura y no la ingenua salvación”. Es un nuevo estadío de esa promesa que este pájaro que canta en la noche (la especialidad del ruiseñor) hizo en “Y mientras tanto el sol se muere” (Porco Rex – 2007): “Y si te pierdo camino a casa / ya te dije esto antes, linda mía… / te voy a encontrar”. Solari corta con tanta dulzura gracias a “Strangerdanger”, donde por primera vez se corre del centro de la escena para pintar, con esa exactitud que lo caracteriza, un cuadro en el que conviven “un ladrón en todo el globo”, “los ministros cómplices” y “el poder de mentir por los satélites”. Argentina modelo 1976, 1995, 2001 o 2018, elija usted su propia aventura. Y magistralmente encadenada a esa caterva despreciable llega otra, la que desde un barrio bonito, cuidado, sereno y custodiado vive la vida de cuna a tumba en falsedad. La misma que se pregunta “¿y la guardia donde está?” cuando se viene una marea brava y oscura. “El martillo de las brujas” recuerda a la épica de “Juguetes perdidos” y a la frase “Cuanto más alto trepa el monito, así es la vida, el culo más se le ve”. O sea, no te creas tan importante.

“El tío Alberto en el Día de la Bicicleta” grafica cómo Indio logra ir y volver de este plano para explicar que hay del otro lado y de éste. “Mi mundo exterior / mi mundo interior / fueron lo mismo por el sendero que recorrió. Bravo por el tío, por el tío Alberto / Si ves en el fondo, vos ves el fondo gracias a él”, canta en un tono clubdelclanesco. El tío Alberto es Albert Hofmann, un bioquímico suizo que trabajaba para los laboratorios Sandoz (sí, ese del Monsieur) en Basilea, que el 19 de abril de 1943 ingirió un elemento que había creado al que luego llamó LSD. Vio “imágenes fantásticas”, “formas extraordinarias con intensos juegos de color caleidoscópico”, experimentó “un mareo incipiente, ansiedad, distorsiones visuales, síntomas de parálisis y deseo de reír”. Y como estaba tan loco y no podía volver manejando su auto se subió a una bici. Ese lisérgico viaje de regreso, el primero de la historia, dio lugar al Día de la Bicicleta. “Canción para un terrorista bonito” tiene 20 años, nació para el momento en el que Solari estaba planeando junto a Skay Beilinson Último bondi a Finisterre (1998), y se nota. Tiene ese color similar a “El árbol del gran bonete”: pandereta, palmas, guitarras arábigas, vientos que podrían encantar a una serpiente en Yemen. “Hay lugares del mundo, quizás, en que un joven muera de vejez”, sentencia. Esos chicos son como bombas pequeñitas. “La pequeña mamba” es la contracara rocanrolera de “El ruiseñor, el amor y la muerte”. Es una historia con camas deshechas de amor, bocas, rutas infinitas y un perro viejo que, aunque se propone estropearlo todo no puede porque linda, todo se dio bien”. La fantasía de la muerte propia vuelve (bah, nunca se fue) en “La moda no es vanguardia” de una forma tan explícita que estremece: “La muerte, esa tonta, me vino a buscar ayer / Vestida de negro se vino a llevar mi piel. / Con una falda floreada, quizá le hubiera aceptado. / Dijo: de a poquito comienzo”. El aire lúgubre se corta con “A bailar que no hay infierno”, el rocanrol más ricotero de la obra solista de Solari. Otra vez el perro viejo, una zorrona, unas birras en la calle y un saxo made in Redondos. “La ciudad de los encandilados” también lleva ese ADN PR, pero el de Momo Sampler (2000). Historias de hampas, uno que se lleva toda la mosca, un Robin Hood moderno en una inmensa ciudad que es para héroes solitarios. En “Ostende Hotel” también flota en el aire el espíritu sórdido y apocalíptico del último disco de Los Redondos. Y aunque acá no hay una Marita que lo hace por la guita ni una chica a la que el jean le apreta la fresa, hay un lover boy que baila con las extranjeras y una dama que se suelta el pelo para reinar allí en el mar como en el bar del viejo Hotel Ostende. “Panasonic y el mundo a sus pies” nos presenta más de esos personajes propios del Universo Solari: un ladrón de bancos llamado Panasonic que vive en un camión de (la transportadora de caudales) Juncadella junto a su perro Enfisema. El Pana, en realidad, apareció por primera vez vengado en “Torito es muerto” de El perfume de la tempestad, y en esta ocasión parece haber triunfado. ¿Será la precuela? El cierre es con el mayor optimismo posible, una especie de “Charro chino 2”: “El que la seca la llena”. Acá Indio está feliz y desatado, al punto de vaticinar que “todo lo feo acabó, la parte más fea acabó”. Se saca de encima el destino y aparecen el Gordo Piñata, Chas Chas, una troupe de bufones y la banda que suena tan linda hoy. Y en ese punto nos detenemos por última vez porque hasta acá no hablamos de ellos, de las guitarras de Gaspar Benegas y Baltasar Comotto, del bajo de Fernando Nalé, de las baterías de Martín Carrizo, de Deborah Dixon y Luciana Palacios en los coros, de los vientos de Sergio Colombo y Miguel Tallarita. Si es una despedida es a todo vapor, con un grupo que se amolda a cada situación, que acompaña el momento, que se sabe personaje secundario pero fundamental.

Listo. Fin del disco. Se terminó. ¿Quién la secó? ¿A quién le toca llenarla? Este asunto está ahora y para siempre en tus manos, nene.

Escucha el disco entero acá.