ENTREVISTAS

Rocambole

“El verdadero Patricio Rey existe y vive en Salta”

Rocambole, testigo del nacimiento, apogeo y caída de Los Redondos, prepara “De regreso a Oktubre” un libro en el que reformula el arte más emblemático de la discografía ricotera. En esta nota cuenta cómo es su relación con el Indio, Skay y Poli, y echa luces sobre los personajes más desconocidos del universo redondo.

“He firmado mis trabajos de ilustración y de diseño gráfico con el nombre de Rocambole, una especie de héroe de folletín, en una época en la que los dibujantes y artistas elegían algún tipo de seudónimo. Y me tocó en suerte trabajar en un grupo de música que hizo que las imágenes que realicé lleguen a lugares que jamás hubiera pensado”. Así, modestamente, se presenta Ricardo Cohen frente a 15 jóvenes diseñadores y fotógrafos que vinieron hasta La Pajarera (un centro cultural autogestivo emplazado en Parque Centenario) para que les dicte un taller sobre packaging, gráfica musical y su evolución. Este hombre bajito, de lentes con cristales redondos y barba blanca, es un pilar fundamental de la historia de ese grupo de música al que hace referencia: Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Rocambole fue parte desde el inicio de ese colectivo de artistas que arrancó en 1976 en La Plata, y estuvo allí hasta 2001 cuando se cerró la historia del grupo. El único que puede colgarse esa medalla más allá de la santa trinidad ricotera que componen Carlos “Indio” Solari, Eduardo “Skay” Beilinson y Carmen “Negra Poli” Castro. Graduado de la Facultad de Bellas Artes de La Plata, transitó la docencia durante 30 años, y ahora se encuentra en un nuevo proyecto: un libro que recrea el arte de Oktubre, uno de los discos más emblemáticos de los Redondos, que entró (justamente) en el trigésimo aniversario de su lanzamiento. Fiel a la historia de esa banda que integró durante un cuarto de siglo el plan es totalmente autogestionado, a través de Panal de Ideas, una plataforma de Crowfunding que ofrece recompensas para aquellos accionistas que aporten a la causa (mirá acá). Ese sistema utilizó en 2014 para editar Rocambole: arte, diseño y contracultura, gracias a la insistencia de Flavio Mammini y Lucas Lombardía, colaboradores del proyecto. Ellos lo convencieron de que era hora que arme un libro con imágenes de su obra y le contaron del sitio. “Cumplí un viejo sueño que todo realizador siempre tiene en algún lugar de la cabeza y del corazón”, cuenta Cohen con voz chiquita en un rincón del patio del centro cultural. “Por suerte se sumaron amigos que aportaron textos, porque me parecía que un libro de imágenes solas parecía un álbum de figuritas. Miguel Cantilo, Rep, Miguel Grinberg, Horacio Fiebelkorn, Oscar Jalil, entre otros, hicieron lo suyo junto con Skay y un poema de la Negra Poli. Así se produjo el libro y hacerlo de forma independiente nos dio la posibilidad de que salga como queríamos nosotros, con la mejor calidad de papel y de impresión que podíamos conseguir”, explica. En pocos meses se agotaron la primera edición, la segunda y ahora van por la tercera, mientras prepara este nuevo libro al que llamó De regreso a Oktubre – Lo que quedó en el tintero.  “Son ideas nuevas, en algunas hay reminiscencias, pero es todo material nuevo. Es como si hubiera tenido que rediseñar el disco en estos tiempos. Lo que hubiera hecho sería algo como este libro”, adelanta.

–En 1986, 30 años atrás, ¿sentías que estaban dejando una huella con los Redondos?
 –No, en absoluto. Siempre me pasó que cuando estuve involucrado en alguna movida determinada tardé en darme cuenta que era una movida. Uno hace lo que puede y en ese momento yo estaba vinculado a ese colectivo que fue Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, donde mucha gente talentosa aportó lo que sabía. Y yo tuve la suerte de formar parte de eso junto a gente que hoy es reconocida, pero que a lo mejor en ese momento era una especie de caterva de indeseables. Pero debo felicitarme, o felicitar, o más bien agradecer al destino por haber participado de eso junto a Solari o Skay y los otros también. Porque hay mucha gente que quedó no rezagada, sino que no tan nombrada, pero que también eran talentosos.

–¿A quiénes te referís?
–A Roberto (“Fenton”) Fuentes, a Sergio (“Mufercho”) Martínez, a Chiche Gómez… Gente que estuvo en los orígenes ideológicos. ¡Quique Peña! Un dibujante impresionante. Los primeros videoclips de Los Redondos no los dibujé yo. Trabajé en eso fondeando, pero el dibujante de esos caracteres, por ejemplo de “Masacre en el Puticlub” fue Quique. Estaba Guillermo Beilinson, el hermano de Skay, que era una especie de gurú. Otro gurú, el verdadero Patricio Rey, existe, es Pancho Silva, un hombre que vive en Salta. Él fue quien dictó los lineamientos de lo que más tarde fue. Es un hombre del destino, digo yo, porque no se preocupa mucho por los avatares de lo que ha sucedido.

–¿La filosofía de Patricio Rey nace con él?
–Sí, en parte sí. Él veía el futuro y nos decía cómo iba a ser. Nos planteó propuestas. “Aléjense del mercado, de lo que no puedan decidir ustedes”. Y así fue. Al día de hoy es un maestro al que mucha gente lo va a visitar para pedirle su bendición.

–¿Y en qué momento se abre?
–Él pasó en un momento y luego siguió su propio destino, su propio camino. Los Redondos no eran los cuatro de Liverpool. Ahí aportó mucha gente a la que nunca le interesó figurar. Luego creció porque había músicos impresionantes como Skay o un poeta como Solari, que más tarde condensaron la cosa y la nuclearon en un grupo musical, finalmente. Pero la idea original la aportó un montón de gente.


“Masacre en el Puticlub”, uno de los dos videos oficiales de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota

–¿Cuándo te diste cuenta que la banda se había vuelto algo grande?
–En los shows de Huracán, en 1993. Había hecho la escenografía, entonces fui temprano al estadio y me volví a La Plata, para luego volver a la hora del recital. Cuando quise entrar vi un mar de gente y de repente me para un chico y se saca la remera. Tenía toda la espalda tatuada con un dibujo mío. Había visto otros, pero no algo así. Tenía el esclavo con las cadenas de Oktubre y otras cosas. Ahí dije “la puta, para que alguien se haga algo así debe ser importante”. Me impresionó. Cuando estás en el medio del ruido de algo no te das cuenta si estás cruzando el Atlántico o descubriendo América. A pesar de la persistencia, el fenómeno para mí es algo incomprensible, pero entiendo que para explicarlo no se puede hacer de una sola manera, sino tomando muchos puntos. Reuní hoy en día a un guitarrista excepcional, que hace unos arreglos de una sutileza y de un gusto increíble, con un poeta de los que más le ha aportado últimamente al lenguaje de los argentinos, que debería ser considerado por la Academia de Letras, que además canta con un timbre de voz muy especial y que interpreta sus canciones como nadie. A esos dos le sumás una banda de hierro, un bajista como Semilla (Bucciarelli), un baterista como Walter (Sidotti), un saxofonista con el gusto de Sergio (Dawi)… A todo eso sumale una administración mágica como la de la Negra Poli. Esa banda no va a la televisión, no hace una difusión marketinera de sus cosas, graba discos donde procura una especial atención a sus envases. Además, esa banda -modestamente lo digo- está acompañada por unas figuritas interesantes para mirar. La  ponés en un contexto como los ´80 y creo que no hay con qué darle. En muy pocas ocasiones analistas de la cultura rock argentina han puesto el énfasis en la música. Siempre se habla de los Redondos de los quilombos que había, si moría alguien, los periodistas marcaban que había 200 mil personas y que hubo disturbios en una estación de servicio cercana… Nunca encontré un análisis exhaustivo de su obra, que es el nudo de la cuestión.

–¿Musicalmente qué etapa te interesa más de la banda?
–Yo soy fanático del rock and roll más primitivo. Soy amante de Chuck Berry. Por eso me gusta la parte tosca de los Redondos. Sé que los músicos, tanto Skay como Solari, agarran Oktubre y no lo quieren escuchar, porque captan las imperfecciones. Para mí esa tosquedad es el encanto que tiene ese disco, es la fuerza. Hay otros discos más posteriores, mucho más elaborados, donde no encuentro tanta fuerza, porque está todo demasiado perfecto. Soy amante del rock cuadrado.

–¿Esa tosquedad la trasladás a tu arte?
–Y, yo no soy un realista acabado, ni demasiado perfeccionista. Me gusta el gesto, lo que se da en un momento dado, particular. De hecho la obra mía que más se ha difundido es la imagen del esclavo con la cadena, que la hice a las apuradas para que salga en un aviso en el diario Clarín. La hice con un marcador y un corrector blanco. Si la hubiera trabajado más a lo mejor no hubiera pasado lo mismo.

–¿El impacto en la gente te condicionó alguna vez para hacer tu trabajo?
–No creo, no lo siento así. Fue lo que sucedió. En todo caso fue una forma de afianzar lo que alguna vez al principio uno apostó. Ahora que estamos haciendo este refrito como homenaje a Oktubre, uno puede pensar que son las mismas imágenes, pero cuando lo abran van a ver que es otra cosa.

–Hay mucha crudeza en el arte que aportaste a la banda. ¿Alguna vez te bajaron alguna imagen puertas adentro?
–No, siempre consensuamos. Alguna vez me dijeron “no pongas eso que parece muy viejo y pueden pensar que soy yo”, así que le puse unos anteojos ahumados…

–Me puedo imaginar quién te dijo eso.
(Risas) Y… sí, pero nunca me censuraron, al contrario. Viví una libertad total.

–El final de la banda fue abrupto. Por lo menos para los que no estuvimos ahí dentro…
–Para el que estaba afuera lógicamente fue así.

–No fue tan abrupto entonces.
–No. Imagínate que después de veintitantos años de trabajo había un desgaste, como puede pasar con los matrimonios. Además, supongo, porque no estaba en el núcleo del asunto, había ganas de probarse en solitario para ver qué ideas podían tener, porque después de tantos años de estar asociado y de intercambiar todo el tiempo con otro nunca terminás de saber cómo hubiera salido si lo hacías solo. Me pareció natural.

–¿Cómo te enteraste del final?
–Estaba haciendo un afiche para el show de Santa Fe y me llamó Poli para que lo frene. Yo tenía constante comunicación con ella y Skay. Soy amigo de ellos desde que éramos chicos.

–A Skay le hiciste el arte de todos sus discos, hasta este último que está por salir.
–Sí, en el último quedó algo muy sencillo, muy gestual, diría que desaliñado. Como si hubiera agarrado un papel con el tamaño de la tapa y con dos o tres marcadores hubiera hecho un enchastre y así quedó. Le gustó eso que yo hice a modo de maqueta, como boceto.   

–El Indio eligió hacerlos él mismo. ¿Qué opinás de su técnica?
–A él siempre le gustó dibujar y pintar, así que está bien. Me cuesta opinar sobre eso, pero insisto en que es uno de los mejores poetas actuales de la lengua castellana. Y como cantante no hay con qué darle.

–¿Volviste a hablar con él después de la separación de la banda?
–No, no he hablado en estos 15 años. No sé si tiene mi número, yo no tengo el de él. Por ahí si lo tuviera lo hubiera llamado. Con Skay sí, porque viaja a La Plata, o vengo yo. Pero el Indio vive… No sé donde vive. Yo vivo en La Plata y acá en Buenos Aires me muevo por ciertas avenidas, pero no mucho más. Y él a La Plata no va…

–¿Te quedaron cosas por charlar?
–No sé. Algún día si nos encontramos hablaremos de nuestras cosas.

–Y entre ellos parece irreconciliable todo.
–Supongo que a uno cuando se va haciendo más grande le va agarrando cierta melancolía… el viejazo, llamémosle. Es posible que un buen día alguno diga “vamos a abrazarnos”. Tipo Maradona con su hijo. Yo no descarto esa posibilidad, pero no sé como sería. ¿Van a desarmar a sus grupos? No puede ser.

–Pero por ahí a nivel humano.
–Sí, o de una grabación. Yo descartaría un encuentro para un recital porque olería tanto a negocio, a comercial… A menos que, lo tiro a modo de hipótesis, se reunieran para un fin social, una donación para la sociedad. Sería una manera impecable de ponerle fin a la carrera. Un recital en el Valle de la Luna a beneficio de algo importante.

–Es una cuestión de tiempo, hay enfermedades de por medio ahora que por ahí ablandan las posiciones. Digo por el Parkinson confeso de Solari.
–Espero que no sea así. El Indio tal cual yo lo conozco siempre fue quejoso, de estar enfermo. Así que ojalá sea más paranoia que otra cosa. Porque no me gustaría que esté enfermo.