ENTREVISTAS

Sin Ley

"Éramos la oveja negra. La banda que nadie quería agarrar"

El grupo de Quilmes cerrará los festejos de sus 2000 shows con un recital en La Trastienda, un buen momento para charlar con el vocalista Dudú, en el búnker del grupo. Aquí, un repaso por buena parte de la historia de unos de los grupos más particulares de la escena punk argentina.

Deben ser pocas las bandas que puedan sacar a relucir el número redondo de 2000 recitales. Con mucho esfuerzo y constancia, Sin Ley se fue haciendo de a poco un lugar en la historia del punk rock vernáculo. Adorados por Ricky Espinosa,  uno de los emblemas más auténticos que dio este estilo en nuestro país (con Flemita tocó varios temas de ellos y grabó el disco Tributo a Embajada Boliviana y Sin Ley, aparte de que han compartido integrantes con Flema) e ignorados por la prensa, el grupo armó su propio camino sin ayuda de nadie, gracias a  buenos temas y un núcleo fiel de seguidores, de los cuales deben haber varios que ni habían nacido cuando la banda se inició.  Dudú, quien le pone su voz inconfundible a las canciones de Sin Ley, nos recibió amablemente en el mismo punto geográfico de Quilmes, donde hace casi tres décadas dieron sus primeros pasos. En esta extensa charla, Dudú hace un repaso por todo el derrotero de Sin Ley.

–Durante todo este año estuvieron festejando los 2000 shows de Sin Ley ¿Qué recuerdos tenés del número 1?
–El primero fue entre agosto y septiembre del año 88. Recién arrancábamos. Un show para amigos, en la pieza de mi casa. Eramos 20 personas compactadas en un cuarto. Después, a las dos o tres semanas, fue el primero oficial con público en Quilmes, con bandas del barrio, de rock and roll, nada que ver con el punk rock. Lo hicimos en una rampa de skate que estaba en un terreno baldío y tocamos en la vereda, a las espalda de la rampa.

–El primer disco, Un kilme resucitado, lo grabaron con Xennon, un sello emblema del under de Zona Sur. ¿Qué significó Xennon en la carrera de Sin Ley?
–Xennon fue el primer productor extra Sin Ley que nos ofreció hacer un disco. Estuvimos como un año sin darle bola, hasta que insistió tanto que dijimos ‘bueno, vamos a grabar un disco’, porque nosotros antes de eso habíamos grabado cinco o seis demos en cassette. Se ofreció Xennon a sacarnos el primer CD, cuando recién salía ese formato, en 1995. Fuimos la primera banda que grabó con ellos, porque después lo hicieron un montón más:  Embajada Boliviana, Flema, Flemita, Mal Momento, Superuva y bandas heavys como Corruptor. En realidad fue el segundo CD que hicimos porque antes de esto habíamos participado en el compilado de Sick Boy.

–¿Cómo fue el proceso de grabación?
–Grabamos en cinta abierta y teníamos pocas horas pagas. La grabación y la masterización fue toda acelerada, rápida para tratar de gastar las menos horas posibles. Mucho no nos gustó al tiempo que salió, pero a la distancia nos terminó gustando.

–En la portada de Un kilme resucitado pusieron la foto de una persona conocida para quienes suelen patear las calles de Quilmes y que falleció hace poco. ¿Cuál es la historia que tienen con él?
-Acá es conocido como Churrinche. Era un ser humano de la calle, muy especial. Le faltaban un par de jugadores, un par de chicles en la cajita. Es como el personaje conocido por todos en el barrio, buena persona. Mucha gente lo invitaba a dormir a la casa, a comer. No tenía casa. Su familia vivía en una villa de acá de Quilmes. Él se fue de la villa y quedó deambulando, pero no un par de meses. Cuando hicimos esto, hacía 15 años que estaba en la calle. Nos pareció copado ponerlo a él. Le mostramos el disco y nos pedía plata. Obvio que se la dimos y cada vez que lo encontramos se olvidaba. Se cruzaba con gente que le decía que lo había visto en la tapa. Lo invitamos a comer un par de veces, le tiramos unos pesos. El disco no tenía ni dónde escucharlo y no creo que lo haya hecho tampoco en la casa de nadie. Como decís vos, falleció hace un par de meses, no se bien de qué. Tenía mi edad, hizo el primer grado conmigo y después abandonó. Desde que yo tengo memoria,  estuvo siempre en la calle o viviendo en la casa de uno, en la de otro. En la última época estaba en una iglesia de Bernal, en la que le daban de comer. Durante el día estaba afuera, y después iba a comer y a dormir ahí. Bastante agitada la vida del Churri.

–En el segundo disco se sumergen en una faceta más literaria ¿Por qué se dio ese vuelco?
–In Feliz (1998) fue más conceptual. Un kilme… fue hacer lo que veníamos haciendo hace 10 u 11 años. Esa época coincidió con lugares que frecuentábamos. Con Curly Curley, el guitarrista de ese momento, después de mucho recorrer los sucuchos literarios de Capital, habíamos encontrado el libro El derecho de matar, porque fueron todos quemados en su época y prohibidos los libros de Barón Biza. No me acuerdo si la madre o la abuela de Curley le dijo que, cuando era chica, había leído ese libro. Hubo una obsesión de encontrarlo. Fácil lo buscamos como un año por todos lados. Hasta que en un sucucho en que nos metimos, un sótano con un viejito que atendía, con todos libros viejos, lo tenía todo amarillo y con tapa. Curley se hizo fanático del autor  y yo también, y coincidió con la grabación del disco y cerró el concepto del momento que estábamos viviendo, leyendo, escuchando y por los lugares que andábamos. Entonces cerró todo para hacer un disco conceptual, entre comillas.

–En algunos temas se nota la influencia de la cumbia, que para esa época no estaba bien vista en el ambiente del rock ¿De dónde viene el gusto por ese estilo?
–No era la música que escuchábamos, pero siempre tuvimos mucho respeto por la cumbia santafesina: por sus guitarristas, por Los Leales, más que nada. Curley había absorbido algo de eso. Tampoco fue la intención de hacer punk rock mezclado con cumbia, sino que habíamos hecho la cumbia “Mi amor” y se le agregó el punk rock, pero no fue premeditado. Hubo y hay detractores por esa mezcla. Visto a la distancia quedó como, no sé si fue lo primero, unas de las primeras cumbia que se fusionaron con el punk rock. No era ni reggae, era casi cumbia clásica, pero no fue nada buscado, salió como nos salía cualquier punk rock o melodía. Más adelante agregamos la percusión, pero tampoco fue premeditado. Era para llenar los temas ligths, los reggaes, los mas cumbieros, y participaba la percu en dos o tres temas. Con el tiempo, este instrumento quedó establecido en todo el show. Tampoco somos los pioneros en meter un bongo, un cencerro con el punk rock, pero lo hicimos en esa época. Todos Tus Muertos lo hicieron más acercado al reggae de raíz, más que a la cumbia. La fusión quedó buena. Por eso Chapu terminó tocando percusión en los temas más punk roqueros.

–A 1000 del 3000 si bien es un disco en estudio, suena como si lo hubiesen registrado en vivo. ¿Por qué lo pensaron de esa manera?
–Iba a ser un ensayo largo. No sé a quien se le ocurrió microfonear todo y se grabaron diez horas. De ahí se seleccionaron cosas y quedó un disco que se dio justo en el momento en el que se va Curley y el batero, y surgió la idea de editar eso  como para decir: “bueno, che, lo ultimo que hicimos juntos fue esto, tirémoslo a la cancha” y lo tiramos. El bruto eran diez horas y dura entre 33 y 34 minutos. Terminó siendo el disco más corto, pero también hay un semi concepto: quedaron todos los temas poderosos, no hay reggae, no hay nada. Está el tema de Los Leales, cantado por Santi. Se dio así: sacar un disco potente y dejar apartado los temas más tranquilos.

–Después de la tragedia de Cromañón, se hizo muy difícil para la mayorías de las bandas encontrar recintos para tocar. Sin embargo, fue en ese momento en que ustedes pegaron un salto a nivel convocatoria ¿Cómo se dio ese proceso?  
–En esa época, lo que más me acuerdo es que se había parado con el tema del rock en todos los lugares y el CBGB era uno de los pocos que estaba habilitad como café. Yo era amigo de Laura, la dueña, y creo que fueron los dos años que más tocamos. Entonces no nos influyó mucho la clausura de los lugares, porque después de Cromañón, tocamos más que nunca en esa época. Después cerró el CBGB. Habremos hecho 10 o 12 shows ahí. Fue un ciclo que terminó medio colapsado, había quedado medio chico el lugar.

–¿Qué imagen les quedó de Omar Chabán a la distancia?
–En realidad el que más relación tenía con Chabán era yo. Antes de que tocáramos ahí, iba a Cemento y era el personaje. Siempre lo recuerdo, más allá de las cositas que tenía, los arreglitos por atrás para recuperar su plata, como alguien que apostaba al arte. Abría las puertas de Cemento los día de semana. Hoy si no pagás un alquiler o no te invitan, casi que es imposible tocar en algunos lugares y si hubiese un lugar como Cemento, lo tendrías que alquilar. Él te habría las puertas para tocar, después te ponía condiciones. Pero con Sin Ley siempre se portó perfectamente. La desgracia, como estaban dadas las circunstancias, le podría haber pasado a cualquiera.

–Ahora tienen la posibilidad de tocar en lugares que están mejor armados en cuanto infraestructura. ¿Extrañan algo de la precariedad pre-Cromañón?
–No sé si se extraña. Por el momento de la época y la edad que teníamos estábamos bien y capaz que no éramos muy conscientes. Pero no sé si me gustaría tocar en esos lugares. Está más bueno tener un sillón cómodo, un baño, a no tener nada y salir a tocar como venga. A la distancia no se extraña, pero en esa época lo disfrutábamos.

–¿Cómo hicieron para llevar adelante un proyecto de casi tres décadas sin tener una estructura atrás que los banque?
–Nosotros somos amigos, la mayoría, desde chicos. Nos gusta hacer esto, lo disfrutamos. Nunca nadie nos ofreció: “che, vengan a hacer esto, me interesa la banda”. Fue a la fuerza que tuvimos que seguir solos. Tampoco nos costó mucho, porque es una de las mejores cosas hacer lo que te gusta: solo y lo que querés. Con el tiempo fue apareciendo la gente que se interesó por Sin Ley. La parte de ghetto que se comenta que tenemos: ‘que están apartados de todo, van solos a todos lados’, fue hecho placenteramente. Éramos la oveja negra. La banda que nadie quería agarrar. Siempre estuvo en mente la cuestión de la  autogestión, de la independencia, pero también estaba en mente dar un paso más arriba. Como nadie se nos ofrecía o nos quería dar algo más, terminamos los 30 años solos. Tiene mucho más mérito, es un orgullo personal saber que llegamos acá sin el apoyo de nadie. Nunca tuvimos temas rotando en la radio, nunca pusimos plata para publicitarnos. Ahora es todo promoción, prima eso. Años atrás necesitabas plata, igual que ahora, pero era más costoso pagar la rotación en X radio o pautar entrevistas. Ahora tenemos más ofertas. Se presentan más oportunidades. Actualmente no vivimos de la música, aporta y suma un montón, pero de los integrantes de la banda ninguno vive de esto. Ojalá que en algún momento lo podamos hacer. Todos laburamos. Es y fue costoso llevarlo adelante, pero es nuestro lugar de retiro. No es que llevar la banda adelante es sufrir. La llevamos adelante porque la pasamos bien, aparte de que hacemos lo que nos gusta.

–¿Qué anécdota de gira se te viene a la cabeza?
–No se si graciosa o penosa. La combi con el trailer atrás, con todos los equipos, parada en la frontera de La Pampa-Buenos Aires. Todas las cosas incautadas y dejamos la combi con el chofer. Nos fuimos en bondi hasta La Pampa, tocamos e hicimos tiempo hasta el otro día para hablar con el comisario y decirle que veníamos de tocar, levantar la combi con el carrito e irnos. Así y todo hicimos el show igual. Quedó todo incautado a 300 kilómetros, dos días en la comisaría, en el medio de La Pampa. Unas de las tantas que tenemos.

–¿Qué dinámica grupal se dan en lo compositivo?
–El mayor compositor de la historia de Sin Ley es Curly Curley. Siempre fue traer canciones, pasárselas a los chicos, tocarlas hasta que llega el momento de grabarlas. La mayoría de los temas están compuestos por letra y música de Curly Curley y hay temas compuestos por por mi.

–En ese sentido, pasaron muchos años para que Curley volvieran a Sin Ley y se volvió a ir al poco tiempo ¿Por qué se dio de esa manera?
–Se alejó diez años porque se fue a vivir a Estados Unidos. La vuelta fue medio efímera: duró dos años y vaya a saber por qué motivo se fue. En realidad, más o menos nos damos una idea, pero no sabemos bien.Tuvo un colapso mental y a la fuerza se alejó. No tuvimos más contacto. Desde septiembre se hicieron 3 años desde la última vez que tocamos juntos.

–En este momento el rock está en el ojo de la tormenta por los casos de abusos que fueron saliendo a luz. ¿Qué reflexión te merece todo este movimiento que se está dando?
–Para mi hacer zoom en eso no está mal, porque en algún momento esto tenía que llegar. La separación entre femenino y masculino no daba para más. Es importantísimo por lo que se está discutiendo y poniendo en foco. Hay otras cosas que no son importantes y terminan siéndolo más que este tema. Obvio que estamos, por lo menos yo, en desacuerdo con la  preponderancia de lo masculino sobre lo femenino. Pero a la gente acá, en Argentina, lo único que le interesa es ir al Mundial, por eso está bien. A veces algunas cositas tapan el universo. Tengo un lado muy femenino. Siempre me chocó mucho el cancherismo o el machismo. Me siento completamente limpio. No porque el tema esté en boca de todos hay que hablar de esto. Si toda tu vida fuiste de una manera… En los shows el mensaje de la banda es: no hay separación de nada, somos todos iguales.

–¿Qué música estás escuchando en estos días?
–Actualmente no me atrae nada. Eso no quiere decir que no escuche música, pero te atraen las cosas cuando sos más pendejo. Es lo que te orienta, lo que te va a guiar. Pero pasados los años, me pasa lo que les pasa a todos: la bandas nuevas son para el público nuevo, los chicos del rock, no para los cuarentones. Desde siempre escuchamos toda clase de música, no solo reggae o punk rock. Colecciono vinilos y tengo desde Beethoven hasta Palito Ortega. Las bandas actuales para mi son todas productos, me choca escucharlas y creerles. Lo veo todo muy ficticio, muy armado. Ahora son bandas tocando, no hay cooperativismo, no hay unión.

–¿Qué expectativas tienen para el recital en La Trastienda?
–La Trastienda es el único lugar que nos falta tocar. Es un lindo lugar. Por lo menos para mi, no es tomado como un show especial, tampoco es uno más. Vamos hacer un show lindo, lo amerita.

–¿Qué planes tienen para el 2018?
–Estamos ensayando y a punto de pre-demear lo que va a ser el próximo disco de estudio, que, en teoría, tendría que salir para el año que viene. El plan es ese: festejar a nuestra manera los 30 años y si se puede, para pasado mitad de año, tratar de editar el disco nuevo.

Sin Ley estará cerrando los festejos por sus 2000 shows, este viernes 24 de noviembre, en La Trastienda, Balcarce 460 (CABA) a las 23.