PINTÓ

Charly García en el Rex: No llores por las heridas

En su quinto show del 2018 convivieron distintos climas de época, su encuentro con David Lebón y una versión mejorada de su última reencarnación.

En los ’70 Charly García fue un distinto, un adelantado, un prodigio que supo canalizar en Sui Generis, La Máquina de Hacer Pájaros y Serú Giran su rapto más duradero de genialidad. En los ’80 se volvió un símbolo del rock argentino buscando un símbolo de paz, creando melodías eternas y fabricándose un fuego que más adelante estuvo a punto de devorarlo: el viejo truco de andar por la sombra. En los ’90 fue una estrella de rock tropezando en las mieles de ese estatus que él mismo se arroga haber inventado. Así recibió los ’00 en una pileta de un hotel de Mendoza, luego de haber saltado directo allí desde un noveno piso. Y como aquella tarde, en la que antes de saltar lanzó un muñeco para ver como impactaba el viento, sus movimientos están fríamente calculados en el final de esta década. Pocos shows, anunciados con muy poca antelación e, invariablemente, con entradas agotadas en horas (de hecho para el próximo, el 5 de septiembre en Rosario, los tickets volaron en 15 minutos). Nadie quiere perderse esta reencarnación de García, que a esta altura de las circunstancias emerge en el escenario con la luz de una leyenda, de un sobreviviente. La lista de temas de este Gran Rex no es muy diferente a la del otro Gran Rex, cuatro meses atrás. Ni a la del Coliseo en febrero o el doblete en La Plaza de la Música de Córdoba en julio. Sin embargo algo cambió. Charly está con otro humor, otra conexión, como si La Torre de Tesla finalmente comenzara a transmitir el mensaje correctamente. El público que llenó el teatro recibió las descargas iniciales de “El aguante” cerca de las 21.15, y dos horas después la energía siguió fluyendo, intacta. En una performance que no permite mucho espacio para la improvisación, García fue dejando sus típicas gemas ocultas, esas modificaciones en las letras (en “No soy un extraño” cantó “Enciendo un porro para despistar”, por ejemplo) o con sus palabras entre canciones. En esos momentos aprovechó para tirarle un palito a los Guns N’ Roses (“Pistolas y rosas. Con ese tipo con el sombrero… Hay que parar esta invasión desmesurada. Tipo Trump pero al revés”), brindar por Pete Townshend (antes de “Believe”) y Luis Alberto Spinetta (antes de “Rezo por vos”), y recordar con una sonrisa a Mercedes Sosa (“Es una maravilla”, en medio de una preciosa versión de “Cuchillos”).

Otro punto alto fue su trabajo vocal, lejos de los dubitativos momentos en conciertos anteriores, donde hizo agua. Acá estuvo seguro, firme, entonado. La banda, con altos y bajos, acompañó correctamente, sin lucirse de más. Eso sí, su ubicación estratégica en el escenario sirve como red a Charly ante cualquier imprevisto que pueda surgir. Rosario Ortega con su voz al centro, el Zorrito Von Quintiero, con sus teclados dispuestos en simetría opuesta con García, al frente. Atrás la retaguardia chilena: el guitarrista Kiuge Hayashida, el baterista Toño Silva y el bajista Carlos González. La torre gigante en el medio y las pantallas terminan de abrigar el concepto, en las que se suceden imágenes de algunos directores y películas favoritas del cinéfilo maestro de ceremonias (Mel Brooks, Alfred Hitchcock y Stanley Kubrick, entre otros), y algunas propias. ¿Qué pensará ahora al verse cayendo por la ventana del hotel, o vestido como árabe en la época de Palermo Bagdad, con sus manos llenas de pintura de aerosol?

La frutilla del postre llegó sobre el final cuando invitó a su “viejo compañero de ruta” David Lebón. Junto al Ruso hicieron dos pasajes de Serú, uno bien actual (“No llores por mí, Argentina”, la de esa línea que reza “estás enferma de frustración y en tu locura no hay acuerdo, una hiena al reír pero al almuerzo con los cerdos) y otro definitivamente fuera de época (“Peperina”, la canción que estigmatizó para siempre a Patricia Perea, una periodista que cargó hasta sus últimos días con el peso de una crítica negativa a la banda, hecha a sus 19 años en un diario de Córdoba). “Influencia”, “Promesas sobre el bidet” y “Demoliendo hoteles” fue el trío final, con el que 22.45 se cerró el telón. La gente se quedó en su lugar, coreando primero un “Borobombón, esta es la banda de Say no More” y luego un greatest hits político social: MMLPQTP, “Aborto legal en el hospital”, “Unidad de los trabajadores y al que no le gusta se jode” y “Macri basura vos sos la dictadura”. Al parecer no los detuvo el concepto de La Torre de Tesla “o cómo dejé de preocuparme por el Gobierno y amé la Torre” que estaba replicado en los programas y las marquesinas del teatro. Pasaron 20 minutos en total, y cuando la gente estaba perdiendo las esperanzas después de cantar a capela “Inconsciente colectivo” y unos tímidos “Rasguña las piedras” y “Seminare”, se volvió a abrir el telón. La necesaria “Los dinosaurios” y las poco revisitadas “Pasajera en trance” (ojalá el “Que temazo” que lanzó García al final signifique su vuelta permanente a las listas) y “Shisyastawuman” fueron el broche. “Chau gracias, hasta la próxima”, saludó Charly, casi al mismo tiempo que Rosario lo ayudó a levantarse por primera vez de su sillón. El telón se cerró definitivamente mientras el resto de la banda siguió tocando, y aunque al final vimos los hilos del truco, la magia fue más fuerte. Say no More.

Foto: Gentileza Karina Dos Santos