PINTÓ

Días distintos, la fabulosa trilogía de fin de siglo de Andrés Calamaro

El flamante libro escrito por Walter Lezcano rescata un momento único del artista y Soy Rock adelanta por qué vale la pena leerlo

¿Cómo entender una canción? Para comprender qué nos quiso decir Fulano con esto hay que contextualizar todo: quién la escribe, por qué momento está pasando, dónde vive, cuál es su situación social, su estado civil, su nivel de drogas y de excesos. Esto hace Walter Lezcano con Andrés Calamaro y sus tres discos bisagra que salieron en 1997, 1999 y 2000: Alta Suciedad, Honestidad Brutal, El Salmón. Y lo plasma en Días distintos, la fabulosa trilogía de fin de siglo de Andrés Calamaro”, recientemente editado por Gourmet Musical Ediciones.

“Tres discos” es una manera incorrecta de referirse a esas obras. En total son 8 discos editados en tres veces.  Más de 150 canciones grabadas en un lapso breve para los tiempos convencionales de creación, pero en las que la situación social del país pasó por todo: descenso, fondo, estallido, revolución.

“Días Distintos” recorre la historia de Calamaro en forma de ensayo. Con investigaciones,  contexto, con muchas declaraciones y testimonios de músicos, periodistas, con recopilaciones de entrevistas al mismísimo Andrés en varios medios durante toda su carrera. El escritor repasa los comienzos del Salmón en sus primeros trabajos e indaga en la situación social, económica y cultural de la Argentina en lo que fue el comienzo de la peor crisis desde la vuelta de la democracia. La prosa lezcaniana (sí, ya existe) ubica a la música como escudo protector para una juventud casi perdida que necesita creer que se va a salvar: esto nos puede proteger.

La conexión entre canciones y época es visible y tangible, claro. Pero Lezcano también encuentra, remarca y analiza la relación letra-autor-momento personal. Amor, desamor, nuevo milenio, drogas. Calamaro es un gran letrista que no duda jamás en poner sobre papel lo que siente y piensa de su entorno en particular y la sociedad en general, y aunque algunas metáforas nos caigan tarde, en “Días Distintos” se reconocen los estados de ánimo y de consumo del Cantante.

El tridente Alta Suciedad, Honestidad Brutal y El Salmón fueron como el diploma de egresado del rock nacional para Andrés. Sus anteriores trabajos solistas habían sido abruptos pero infalibles. Su participación en Los Abuelos de La Nada y en Los Rodriguez lo hicieron llegar a donde quería llegar. Su relación con las drogas, el cambio de milenio, el abandono de la pareja, el cruce del océano ida, vuelta, ida, vuelta otra vez. La vida misma fue la fuente de inspiración para redactar el manual del argentino experto en sobrevivir a las crisis y recibirse de figura indispensable en el rock en español.

Cualquier estudioso o curioso de la música podría deshacerse de emoción leyendo este libro. Calamaro y su música son un puente que va desde lo que pasa afuera hasta lo que sentimos adentro. Y Lezcano une y humaniza el ensayo, lo transforma en algo simple y conocido. Un proyecto ambicioso. Bah, dos. El de Lezcano, y el de Calamaro.

Días Distintos” revive la caída de una república y el nacimiento de un artista. Lo que fue en el fin de siglo la obra de Calamaro.  En la música se encuentra la salvación, quizá. O al menos eso es lo que se quiere sentir. Lezcano nos recuerda lo que Andrés le regaló a la sociedad para hacer todo un poco más ameno: se pudre todo, pero qué linda es Paloma.

 

Aquí va un fragmento textual de “Días distintos, la fabulosa trilogía de fin de siglo de Andrés Calamaro”, de Walter Lezcano.

 

Para alguien como Andrés Calamaro, nacido en el inicio de la década del sesenta, la llegada del misterioso siglo XXI, del que siempre se había hablado y especulado desde una ciencia ficción promovida en influyentes películas, libros y canciones, representaba esa idea del futuro magnánimo irrumpiendo en la realidad inevitable del presente. Estaba al alcance de la mano. Y era lo imparable llegando con ferocidad.

La pregunta, teniendo en cuenta lo que se vivía en la Argentina y en el resto del mundo, sería entonces: ¿Era el momento de mirar adelante o había que mirar atrás sin rencor? Es decir, ¿dónde estaban realmente las certezas: en la nebulosa total que significaba un nuevo siglo o todo lo que se había hecho antes?

Había que hacerle frente a todas estas dudas con algo: con canciones.

Empezó de casualidad.

No había ningún plan definido ni diseñado de hacer un disco nuevo ni nada por el estilo. En un principio era, simplemente, seguir la corriente y el impulso de escribir y crear.

En la segunda parte del año 99, después del último tramo de la gira intermitente para la presentación de Honestidad Brutal, Calamaro escribió algunos textos con el diseñador gráfico español Nebur y luego grabó “algunas cosas” en el estudio del músico argentino Tito Losavio, que al final terminó no usando. Esos dos roces funcionaron como una pequeña combustión para que se avivara cierta chispa compositiva que no se había apagado después de haber terminado casi cien canciones en poco más de nueve meses.

Tuvo ganas de ponerse a grabar nuevamente, pero esta vez dejando de lado la infraestructura habitual que su discográfica española quería para él: “Que las compañías sueñen con mandarme a estudios caros, a mí me interesa otra cosa”, dijo en su momento. Algo que ya se había hecho “a medias” en la gestación de Honestidad Brutal. Siempre hizo las cosas – las grabaciones – a su modo, y con esto iría a fondo. Calamaro decidió, entonces, comprarse algunos equipos “baratos” para alguien que contaba con sus posibilidades económicas. Eran, en las palabras de Andrés en el booklet de El salmón, “aparatos preprofesionales, aquellos que cualquiera despreciaría para sus maquetas inclusive”.

Estas adquisiciones se pueden entender como la forma que tuvo Calamaro de adaptarse a las condiciones reales que presentaba la Argentina en ese momento crítico para todos los músicos del país. Si había que componer y grabar música, parecía decir, sería del mismo modo en el que cualquiera pudiera hacerlo, con aquellos materiales que estaban al alcance de la mayoría. Crear con lo que hay a mano podría ser el dictum potente que lo guió en ese momento. El despliegue y la coyuntura debían realizarse con esa impronta sonora: artesanal, casero, descarnado en el sentido de ir hacia lo esencial de una canción.

Ese era el sonido del fin del milenio en nuestro país.

Definitivamente, Calamaro quería conectar, en sus propios términos y de una manera viable, con la época y el territorio en el que le tocaba vivir.

Todos los equipos, junto a su amigo Cuino Scornik, se los llevó a su departamento en Recoleta y se encerraron a escribir y a componer. Y a consumir sustancias para poder seguir escribiendo y componiendo. Un recorrido necesario para conquistar el “estado creativo” non stop que estaban llevando adelanta en forma un tanto kamikaze y sin pensar en las posibles consecuencias físicas que eso les podía traer. “Era lo único que sabíamos hacer desde siempre: componer canciones”, dijo el Cuino sobre esa etapa y esa decisión extrema de recluirse.

El periodista y escritor Daniel Riera lo entrevistó varias veces para diferentes medios en esa época y considera que la droga era un elemento inseparable de este período creativo:

               Andrés estaba produciendo una obra que me parecía muy importante y había una simbiosis entre vida y obra muy fuerte. Acompañando ese proceso me sentía un privilegiado. Porque Calamaro no era un chabón que estaba tomando merca: era un artista viviendo una experiencia en un momento en el cual está construyendo una obra que va de la mano de la droga, es inescindible una cosa de la otra. Es como lo que pasaba con el saxofonista Charlie Parker: era un genio del jazz y además su viaje incluía la heroína. Y el viaje de Andrés en ese momento incluía una relación con las drogas muy fuerte, ausencia del dormir, los anteojos y todo eso. Estaba muy desmejorado físicamente y muy irritable, hosco, con situaciones de ánimo difícil y demás. Pero toda esa intensidad la plasmaba en la obra. No era un descerebrado haciendo bardo. De ahí mi interés en él.

Para diciembre del 99, Calamaro y el Cuino Scornik como equipo estable, y a veces se sumaban también Gringui Herrera y el fotógrafo uruguayo Jorge Larrosa, que había empezado a componer a instancias del propio Andrés, ya estaban grabando los primeros temas.

Calamaro tuvo la idea caprichosa de que todas las canciones que se estaban componiendo en esa primera etapa tuvieran el mismo nombre: Viejos tiempos, que es como pensaba que había que referirse al siglo XX que ya se terminaba. Incluso grabaron algunas de las tantas Viejos tiempos con Norberto Pappo Napolitano en la guitarra, que los iba a visitar seguido junto con otros músicos, y se quedaron grabando más de esa primera tanda de canciones.

La idea era, en un principio, y milagrosamente se cumplió hasta el final del proceso, desterrar cualquier tipo de distracción “frívola” del afuera conflictivo y demandante para concentrarse únicamente en las canciones, la música y lo que generara ese flujo endogámico. Por esa razón, en el estudio casero no se encendían los televisores, no se compraban los diarios, no se salía a la calle, no se le daba lugar al esparcimiento ni tampoco al ocio. Y si era posible -y siempre era posible- no se dormía hasta terminar las canciones que se habían empezado a escribir ese día.