PINTÓ

Él Mató a un Policía Motorizado en Tecnópolis: La noche eterna

Los platenses vivieron su noche consagratoria.

Un dinosaurio, un avión y un robot iluminado en una torre de alta tensión son las primeras atracciones de los seguidores de Él Mató a un Policía Motorizado cuando entran a Tecnópolis, lugar elegido para cerrar la gira de La Síntesis O’konor. El público espera relajado en el predio de Villa Martelli, ya sea tomando una cerveza observando la General Paz o subiendo sus fotos e historias en Instagram de todas las atracciones.  El lugar es ideal, la noche esta ideal, y la banda que va a tocar es la ideal. Como dicen ellos: “¿Qué hay de malo en todo esto?”.

Después de viajar y presentar su último y aclamado trabajo a lo largo y ancho de Latinoamérica y Europa, los muchachos de La Plata, con 15 años de carrera encima y un disco que los llevó hasta la alfombra de los Latin Grammys, saben que el show de esta noche no sólo representa una consagración con su público sino también un festejo. La Síntesis O’konor (2017) le permitió a Él Mató volverse popular, que sus frases aparezcan en remeras, que los jóvenes utilicen sus canciones en las redes, que en definitiva sean, por lo menos para algunos, la banda que eligen para ver, y que si bien siempre tuvieron un público fiel, hoy se volvió más grande, apto para todos y todas. Será por eso que lo primero que se oye al entrar al estadio es la frase “Que fuerte está el aire acondicionado”. No hay humedad en las paredes, ni tampoco baños rotos ni maltratos en la organización. Sí. El Rock puede ser eso también. Puede tener sectores de hidratación, puede tener muchos baños y puede tener, por qué no, aire acondicionado. En definitiva  “¿Quién te va a cuidar? es lo primero que menciona Santiago Barrionuevo (AKA Santi Motorizado) en la apertura del show con “El Magnetismo”. Ya pasaron nueve y media, se apagaron las luces del estadio, y entre nubes de humo aparecen las sombras de Santi, Pantro Puto, Niño Elefante, Doctora Muerte y Chatrán Chatrán en el escenario. El Mató arranca el show con un doblete de su disco anterior (La Dinastía Scorpio, 2012). “El Magnetismo” y “La Cobra” forman el combo de una apertura que se repitió en casi toda la gira. Las luces caen en las espaldas de los músicos en una puesta de escena minimalista, certera, abocada a cumplir la idea de trance con la música. La pantalla está apagada, no hace falta proyectar nada. Por ahora, sólo necesitamos escuchar.

 

Trabajar el sonido en microestadios no resulta una tarea sencilla, en este caso la presencia de Eduardo Bergallo en la consola garantizó dos cosas: volumen y nitidez. El hombre que acompañó a Gustavo Cerati  en casi todos sus trabajos, y productor del último y tan reconocido disco de los platenses, entiende por dónde tiene que pasar la energía de la banda. El Mató suena fuerte, enérgico, punk, como el Pixies más bello. Siempre fue así, sólo que ahora, y con tantos kilómetros a cuestas, esa crudeza de los inicios se transforma en versiones más quirúrgicas, agresivas, épicas, que suenan dignas de una banda que se encuentra en el pico de su carrera. La noche sigue con “Día de los Muertos”,  el viejo público festeja, aquellos que se reconocen como “de la primeras épocas” levantan sus brazos hacia el cielo mientras resuenan como un mantra las palabras de Santi Motorizado: “Me arden las manos”. Barrionuevo agradece la presencia de la gente en su primera comunicación con su gente antes de meter un triplete de su último disco. Ahí se enciende la pantalla para proyectar imágenes de nubes, espacios gaseosos, cosmos, mundos de fantasía o simplemente colores. Salen en continuado “La Noche Eterna”, “La Síntesis O‘Konor” y “Las Luces”. En una simbiosis casi perfecta, la tristeza se funde con el baile. Si Santiago canta “Dame algo esta noche, esta noche es especial” sobre un mundo propio de los antihéroes, el resto de la banda, sumado a Pablo Mena en percusiones, logran movilizar las caderas del público en medio de distorsiones stoners. Sí. También podemos bailar con El Mató.  El show repasa lo viejo como lo nuevo, suenan “El baile de la colina”,“ Noche Negra”, “Postales Negras”,  “Terror”  y  “Terrorismo en la copa del mundo”, momento en que sube al escenario la mujer que robó el corazón del líder de la banda, Mora Sanchez Viamonte (Morita de los 107 Faunos), la única invitada esta noche. En el medio también aparece como invitado el hit de todos los eventos en la Argentina: el famoso MMLPQTP. Santi Motorizado toma el micrófono. Pregunta. “¿Están cantando en contra de Macri?” y, quizás diferenciándose de Rolo de La Beriso, invitó a la gente a continuar el cántico con un simple “sigan, sigan por favor”. La lista continua con tres canciones de la vieja época “Amigo Piedra” (uno de los momentos más coreados)  “Sábado” y “Navidad en los Santos”, con un Barrionuevo repitiendo “es la fiesta que te prometí”.  También aparecen  “Destrucción” (gran momento de  duelo entre percusiones y teclados psicodélicos), “Excalibur” y “Mundo Extraño” para cerrar finalmente la primera parte del show con “El fuego que hemos construido”. Quedan resonando en el aire sonidos espaciales, casi dance, con el estadio apagado. Si alguno sospecha que lo que se viene son simplemente unos pocos bises está equivocado. El regreso de la banda trajo 10 canciones más para completar la lista de 30.  “Madre” y “Fuego” sirven como introducción para el momento en que Santiago Motorizado decide una vez más agradecer y “festejar todo lo ocurrido en el año con la próxima canción”. Suena “El Tesoro”,  el hit del último disco. Santiago escribe sobre el dolor de aquel amor no correspondido, de la lucha de un antihéroe (digno de la novela La Conjura de los Necios de John Kennedy Toole) por tener la atención de esa persona que lo obsesiona. Es, en definitiva, “la depresión sin épica” a lo que se refiere.

De a poco la temperatura del estadio aumenta, ya no alcanza el aire acondicionado para enfriar lo que viene. “Yoni B”, “Chica de oro”, “Ahora imagino cosas” y “Más o menos bien”, completan la lista, para el disfrute de aquellos que están desde temprano pegados a la vallas, y saltan y cantan mientras piernas pasan por sus cabezas en ese revival noventoso que representa el mosh. “El show se termina” anuncia Barrionuevo,  mientras Pantro Puto y Niño Elefante comienzan a tocar los acordes de “Chica Rutera”. El bombo en negras y las luces flotando entre la gente y el techo del estadio agitan a un público que acompaña con las palmas cada uno de los golpes que se sienten en el pecho mientras se repite una y otra vez arriba y abajo del escenario “Espero que vuelvas, Espero que vuelvas, Chica Rutera”.

El cierre representa un gesto  para todos aquellos que siguieron la carrera de la banda desde los comienzos. “Mi próximo movimiento”, toma forma de himno apocalíptico para el público Motorizado.  Todos saltan y bailan, mientras que pequeños grupos de amigos y amigas se abrazan y se encierran casi en pequeños círculos que funcionan como balsas en un mar de gente. Cantan  sin prejuicio que Ellos lloran abajo del árbol, arriba del árbol, detrás del árbol, tuve miedo pero el miedo ya se fue” le sigue “Prenderte Fuego”, un guiño a los primeros fans, un recuerdo  de las primeras épocas, de plazas, de bares, de lugares húmedos y calurosos, muy lejos de este estadio climatizado en Tecnópolis que festeja la consagración de los El Mató. El final se lo dedican a los que creyeron en ellos, a aquellos que soñaban un nuevo movimiento, a los días en que se comentaba sobre una banda de chicos de La Plata con un nombre muy extraño, y que representaba para muchos una renovación del rock argentino.

Fotos: Gentileza Florencia Petra