PINTÓ

Nick Cave en el Malvinas Argentinas

Una fiesta de colores en el palacio del Príncipe de la Oscuridad

Nick Cave and The Bad Seeds se presentaron por segunda vez en Buenos Aires y movilizaron a todo el estadio Malvinas Argentinas. La primera fue hace 22 años, ¡que no vuelva a pasar tanto tiempo!

En un estadio Malvinas Argentinas correctamente lleno, el primer contacto del australiano fue tocar, sentir, manotear a los osados que estaban en la imaginaria primera fila de un campo lleno de fans antiguos o conversos. Porque si vas a ver a Nick Cave sin que te guste mucho, él se va a encargar de que salgas queriendo comprar la remera. No hay una forma incorrecta de ser espectador de Cave: sea adelante en los saltos, a la mitad en el baile, al fondo de pie tranquilo o en alguna de las plateas, en el lugar del estadio donde te ubiques estás bien puesto. Se ve, se escucha, se siente, llega y te hace parte.

El ambiente es de fiesta, a pesar de que el príncipe de la oscuridad tenga todo el derecho de llevar ese título, y algunos tramos del show hayan sido, como para no exagerar, un poco bajón. Desde el comienzo con “Jesus Alone”, “Magneto” con corte involuntario de luz incluido, “Higgs Boson Blues”, “Do You Love Me”, “From Her to Eternity”, la lista de temas que los Bad Seeds le regalaron al público argentino llevó altos y bajos a los presentes, y se creó un diálogo entre gente y banda por medio de las canciones que sorprende, 22 años después de la última vez que se vieron las caras. El estadio estaba en trance de reconocimiento con este australiano que no se sabe bien qué hace, pero qué bien lo hace.

“Loverman”, “The Ship Song”, “Into My Arms”, “Shoot me down”, la lista iba pasando y también los minutos: no hay ahorro de tiempo ni de canciones estiradas: acá se hace lo que se quiere. Cuando una canción se iba un poco abajo, como ya sabemos que Cave sabe llevarnos con él, de golpe caía un “Tupelo” o “Red Right Hand” que te despabilaban en medio microsegundo y te llevaba otra vez arriba, con Nick. Montaña Rusa de emociones pero real.

Además de la ejecución espectacular de banda y sonido, con los laderos Warren Ellis, Jim Sclavunos, George Vjesticam, Cave no ahorra en demagogia y figuritas: en “The Weeping Song” se trasladó a la platea, improvisó coreo, dirigió los aplausos de todos los presentes, se puso un pañuelo, lo revoleó, toqueteó manos, les dio el gusto. Además en “Stagger Lee” subieron ¿30? ¿40? personas del público al escenario a ser parte del show pero desde otro lugar: ahora son una bad seed más, y están en todo su derecho. El fan de Cave es fan de verdad y merece un ratito de luces en la cara, esto es un ida y vuelta. Cave es como es por sus fans, y viceversa.

El cierre a cargo de “City of Refuge”, “The Mercy seat” y “Rings Of Saturn” redondearon una noche conmocionante y entretenida. Dos horas y cuarto de subibaja emocional de la mano del hombre que más supo explotar su dolor.

Para saber la edad de Nick Cave hay que cortarlo y contar los anillos. Plantado, fuerte como un roble, con una presencia invasora de cada rincón, puro carisma, ¿canta o recita?, movimientos inagotables y mucha mucha onda con la gente. Tiene el poder (o el maleficio) de sacar belleza de la oscuridad y con eso hizo y hace una gran carrera. Un Osho del micrófono, un predicador del rock, desde el primer momento te convence de ir, moverte, aplaudir, saltar, ser parte. Nunca nadie se arrepintió de ver a Nick Cave en vivo. Nunca nadie lo hará.

Foto Gentileza T&TGroup (PH: Sebastián Cáceres)