PINTÓ

Radiohead en Tecnópolis: El presente y nada más

Crónica y fotos del regreso a la Argentina de una banda que 25 años después aun tiene mucho decir.

“Este baile es como un arma. Como un arma de autodestrucción, de autodefensa contra el presente. Contra el presente. El tiempo presente”.
(“Present Tense”)

Son las 21:00 horas del sábado 14 de abril de 2018. Estamos en Tecnópolis, un predio gigantesco ubicado apenas a unos metros de la General Paz, la avenida que divide al primer cordón del conurbano bonaerense de la Capital Federal. Mientras allá los vehículos vienen y van, acá en el Soundhearts Festival las luces se apagan y comienza el viaje en nuestra autopista mental, viaje que también nos mantendrá en un delgado borde. Antes de que Radiohead tome definitivamente el escenario suena “Treefingers” ese ambiental instrumental que en Kid A (2000) separa a la calma “How To Disappear Completely” de la huracanada “Optimistic”. Y así será el recorrido de esta noche. A la euforia del público por tener enfrente a la banda más importante de los últimos 25 años le sigue “Daydreaming” y los 40 mil enmudecen para escuchar cada detalle de lo que hace Jonny Greenwood con su piano, de como acompañan con sutilezas Ed O’Brien, Colin Greenwood y Phil Selway, y principalmente, para dejarse llevar por la delicadeza interpretativa de Thom Yorke. El daño está hecho y la verdad te volverá loco, porque es tiempo de mover el cuerpo al compás de “Ful Stop”. Ya estamos sumergidos en una pileta con forma de luna, la misma que se dibuja a las espaldas de los músicos y de la que resplandecen luces que iluminan a todo el predio: A Moon Shaped Pool (2016), el disco que vienen a presentar, está aquí. Durante las 2 horas 40 minutos que dura el show suenan canciones de ese álbum (cinco en total), pero también hay espacio para refrescar en partes iguales los 10 años de In Rainbows, los 15 de Hail to the Thief y, por supuesto, los 20 de OK Computer. Tal vez por eso la primera gran ovación se la lleva “Lucky”, curiosamente la misma que eligió Yorke para estrenar un “Hola” en perfecto castellano. Sobre el escenario Jonny Greenwood se mueve espásticamente y convierte todo lo que toca en arte. En “Pyramid Song”, por ejemplo, hace bowed guitar, o sea toca con un arco de violín su guitarra. O en “The Numbers”, donde otra vez vuelve al piano y con minimalismo permite el lucimiento del otro pilar de Radiohead: Ed O’ Brien. Suena “My Iron Lung” (la única de The Bends – 1995) y parece que todo está en su justo lugar hasta que a mitad del recital y apenas unos segundos después de empezar con “The Gloaming”, Thom lanza un estruendoso “stop”. El silencio se apodera del lugar, algunas luces se encienden y Yorke anuncia que pararon por un problema de seguridad: básicamente la marea humana aplastando a los que están en la valla. Mientras la organización se encarga de solucionar el inconveniente (les lleva unos 15 minutos hacerlo), sucede uno de los momentos más mágicos de la noche. Como un reflejo para calmar la ansiedad, la gente comienza a cantar “Ooooh vamos Radiohead, Radiohead, vamos Radiohead”. Yorke alza el mic y la gente delira, pero unos segundos después lo lleva a su boca y entona la canción incluida en Hail to the Thief a capella. Todos enmudecidos otra vez, mansos, como unas fieras calmadas. El genio sale de la botella una vez más. La furia regresa con “I Might Be Wrong”, “Weird Fishes/Arpeggi”, “Feral” y “Bodysnatchers” las canciones que le ponen el cierre formal al show. El primer bis sirve como una reducida muestra de lo que genera Radiohead: vamos de la agonía de “Desert Island Disk” y “Climbing Up the Walls” al éxtasis catártico de “There There” para volver a caer en “Exit Music (for a Film)” y renacer con el baile desenfrenado de “The National Anthem”. Aquí es donde otra vez Greenwood hace gala de su magia tomando una radio portátil para samplear allí mismo a una emisora evangelista argentina. “Claro que no es fácil involucrarse, porque la buena crianza implica sacrificarse” se alcanza a escuchar al comienzo de la canción. Las luces rojas como ondas de frecuencia en las pantallas nos transportan de nuevo a otro lugar y tras cinco minutos de trance Jonny lo hace de nuevo: “Será el fin de todas las afrentas que impactaron en su vida” se oye entre acoples que finalizan con un “Avenida Corrientes 4070, Almagro” y se pegan con los primeros acordes de “Idioteque”, el falso segundo adiós. La bella “Present Tense” nos recuerda que estamos perdidos en ellos y que con “2 + 2 = 5” y “Paranoid Android” quizás nos encontremos. Así debería terminar el paso de la banda de Oxford por Tecnópolis, pero Thom y los suyos tenían un as bajo la manga que ni siquiera estaba escrito en la lista de temas original del show y que permitió que sonaran canciones de todos sus discos: “Creep” (Pablo Honey – 1993), su clásico de clásicos. Un cierre perfecto que dejó satisfechos a los que querían hits, a los que querían viajar por los lados B, a los que querían escuchar y a los que querían cantar. Aunque en realidad ninguno de esos deseos son relevantes. Tenemos a Radiohead y no necesitamos nada más.

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(Fotos: Facu Suarez)