Festival Buena Vibra en el Estadio Malvinas Argentinas

En los últimos años, las generaciones más grandes manifestaron dos frases sobre la música moderna: “el rock ya murió” y “los artistas más jóvenes no se comprometen con la realidad”. La primera puede discutirse a lo largo de días, meses y hasta años. Pero la segunda, se hundió en lo más profundo del Estadio Malvinas Argentinas después del salto más grande que dio el Festival Buena Vibra (¡12 mil personas!) como programación de la escena independiente.

Feminismo, aborto, violencia policial, censura a los medios de comunicación. Todos y todas las artistas, de alguna manera u otra, expresaron sus opiniones sobre la transformación que vive el mundo. Y el encargado de encender la mecha fue el mísmisimo Wos, uno de los freestylers del momento. Junto a Banzai FC, que en 2018 lanzó Generación TV: Temporada I, un disco que evidencia la estupidización por parte de la tecnología y la televisión, interpretó “Protocolo”, desaprobando la censura de C5N y el accionar de las fuerzas de seguridad.

Los Militantes del Clímax, en su búsqueda de asociar el teatro y la música hip hop, le dieron espacio a “El Oráculo” Frank Bersi, para que interprete un monólogo titulado “La Hija de la Mucama”, un personaje que representa la misoginia argentina, y que en esta ocasión, hizo hincapié en la cultura de la violación y en cómo las clases altas lo sistematizan como simples asuntos que resolver.

Después de un show bailable e introspectivo de Bándalos Chinos, que sigue presentando BACH, Marilina Bertoldi brindó la primera cuota de rock de la tarde. Más tirada a Qonnor Questa que a Prender Un Fuego, su último y aclamado trabajo de estudio, demostró que el talento femenino no está en duda. Y como perlita, le dedicó “Tito Volvé” a José Palazzo, organizador del festival Cosquín Rock, después del revuelo que se armó por sus desafortunadas declaraciones sobre la presencia de mujeres en los festivales nacionales.

“Que se sienta en todo el planeta Tierra la fuerza de las jóvenes y los jóvenes de Argentina”. Louta absorvió la energía del público, que enardecido por su agite y convicción, acompañó todas las letras de Enchastre, el álbum que lo posicionó como el artista que, si quiere, puede subir un elefante a escena e igual salir ovacionado.

Julián Kartún también se subió al tren de marcar territorio en la deconstrucción de lo establecido. En “Cristo es Marquitos Di Palma”, exigió la separación del dueto Estado-Iglesia, mientras los vientos de El Kuelgue revoleaban el pañuelo verde por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito que –dicho sea de paso– este año tendrá una chance más de convertirse en ley.

El fenómeno Usted Señalémelo arrancó con el pie izquierdo por los desperfectos técnicos que sufrió Gabi Orozco, su guitarrista. Pero el ímpetu de los seguidores del grupo mendocino y su dinamismo, fortaleza y química superaron el altercado. Juan Saieg y compañía reversionaron lo mejor de su setlist y ostentaron con solos de synthes y guitarras muy ligadas al rock.

El cierre estuvo a cargo de Los Espíritus que, definitivamente, se asientan como la banda del momento. No sólo musicalmente, sino también por las reacciones de los asistentes, que cantaron todas sus letras y que supieron sumergirse en el viaje ofrecido por la fusión de blues, psicodelia nostálgica y lírica reflexiva. Sara Hebe & Ramiro Jota, que giraron por Europa a lo largo del 2018, ajustaron el candado necesario con fiesta asegurada.

Lo que pasó ayer en la reunión más grande del Buena Vibra hasta el momento, se sintetiza con una de las frases que más retumbó por todos los espacios del festival: “en la unión está la fuerza”. Si las nuevas generaciones están a cargo, no habrá cultura establecida que la contenga.

 

Foto: Marilina Bertoldi, gentileza de Leandro Frutos para Festival Buena Vibra

Lo que dejó el Cosquín Rock 2019

Ya es la segunda edición consecutiva de Cosquín Rock en este nuevo formato que concentra en 2 días cerca de 140 bandas repartidas en 5 escenarios y el público sigue acompañando la propuesta porque fueron 130 mil personas, casi 50 mil más que en el 2017, y lo importante: ¡no llovió! (¿se terminó la maldición?). Con el diario del lunes, vale la pena hacer un repaso de lo más sobresaliente de este festival que es un exceso de música en vivo y que sigue expandiéndose por el mundo, sumando España, Nueva York y Centroamérica, además de las ediciones latinoamericanas que ya están instaladas.

La Nueva Generación
Muchas veces se le cuestionó al festival su rigidez en las grillas de los escenarios principales y temáticos, y las nuevas propuestas artísticas, comandada por gente joven y fresca, tenían que conformarse con algunas de las carpas alternativas del predio porque no acompañaban su innegable talento con un corte de tickets que les permitiera acceder a un mejor lugar. Hasta que el año pasado el festival La Nueva Generación convocó miles de personas en Córdoba y José Palazzo, como contó en una entrevista reciente con Soy Rock, convocó a su organizador Eric Davies a que haga la curación del Escenario Sur. Por primera vez, entonces, El Kuelgue, Usted Señálemelo, Perras On The Beach y Louta, por nombrar sólo algunos, se adueñaron de un tablado enorme (del mismo tamaño que el Escenario Norte) y plantaron bandera acompañados por Los Espíritus, Él Mató y Babasónicos, que no son nuevos, pero que siempre marcaron un camino distinto al establecido.

El hip hop es una realidad
¿Qué piensa hacer el rock argentino con el trap, el rap y el hip hop? ¿Los piensa adoptar, incluir en sus filas? Quizás sea una discusión y un debate para otro momento, por lo pronto, en Cosquín tuvieron su lugar en el Escenario Alternativo Naranja y, si todo sigue su curso, es probable que vayan conquistando espacios como terminó pasando con La Nueva Generación. Ahí estuvieron haciendo lo suyo Emanero, Dakillah y Wos, el último campeón del mundo de la Batalla de los Gallos, que se animó a tocar con una banda en vivo (no pistas) de la que formó parte Ca7riel, una de las grande promesas del género. Por su parte, Miss Bolivia, matriarca argentina de los géneros urbanos, tuvo su sorpresa y media cuando Cucho de Los Auténticos Decadentes subió de sorpresa para acompañarla en “Gente que no”.

Suena Don Osvaldo
A las 7 de la tarde, cuando el sol empezaba a dar un respiro después de dos jornadas infernales, el Escenario Sur había absorbido a la mayor parte del público presente en Santa María de Punilla. Es que Don Osvaldo volvía a tocar en el festival luego de estar ausentes dos ediciones por las estadías en prisión de Pato Fontanet y Christian Torrejón. Cientos de banderas de palo tapando todo el escenario, una lista de temas basada en un 70% en el repertorio de Don Osvaldo y sólo 5 temas de Callejeros, y unos seguidores devotos que sostienen con afecto y efusividad a Pato, que por momentos parece desconectado, triste, enojado, pero que a pesar de todo lo que pasó esta ahí, vivo y libre, poniéndole voz a su historia.

El lujo de Skay Beilinson con Richard Coleman 
Skay Beilinson siempre tuvo grandes músicos acompañándolo en su aventura post Redondos, pero haber incorporado a Richard Coleman a las filas de los Fakires es lisa y llanamente “un afano, suspendándolo”, pero no, que no suspendan nada y sigan junto complementándose como dos chamanes. Coleman hasta tuvo lugar para solear durante “Ji Ji Ji”, enterrando para siempre aquella estúpida y vergonzosa rivalidad del público de Los Redondos contra Soda Stereo. Tanto el Indio Solari, que incorporó a su banda a músicos que tocaron con Cerati (Martín Carrizo, Fernando Nalé) como Skay, que ahora hizo lo propio con Richard, terminaron demostrando que la música es una sola: la que conmueve.  

Ska-P y su compromiso con todas las causas
Los españoles, que venían de ganarle al temporal en su multitudinario show en el Estadio Único de La Plata, renovaron sus votos matrimoniales con los argentinos, una historia de amor que empezó a fines de los ‘90, cuando se convirtieron en la banda de sonido combativa de diferentes tribus. Toda la realidad social globalizada que denunciaban en sus canciones terminó estallando acá en 2001 mientras Ska-P musicalizaba cuanta fiesta reggae-punky hacía de manera clandestina para olvidarse un rato de todo lo que estaba pasando. Pulpul, el cantante, salió a tocar con un pañuelo verde en el cuello y una remera de Santiago Maldonado, a quien le dedicaron “Solo por pensar”. Denunciaron a la policía, a los toreros, a los curas abusadores, al Tío Sam y cuanto conflicto se les cruzara por el camino y está bien, por momento parece panfletario y demagogo, pero alguien tiene que ocupar es lugar en el ecosistema rockero. 

Los entretenedores
Andrés Ciro, Facundo Soto y Joaquín Levinton, egresados con honores de la escuela de frontman de Mick Jagger, siguen demostrando que saben cómo mover y divertir a todo el mundo. Hits al rolete, bailes y más bailes, inflables en el escenario, y una certeza: nunca pasan desapercibidos. 

La fiesta popular de los Decadentes
Montaron el mismo espectáculo de su MTV Unplugged en un su propia carpa armada para la ocasión, que desbordó ambas noches, con un público de lo más heterogéneo en gustos y en edades. Sonaron todas esas canciones que sabemos todos (que nos recuerdan a bailes del colegio, a casamientos, fiestas o cualquier tipo de jolgorio) de manera renovada y con excelentes arreglos de producción. Los Decadentes son un verdadero orgullo argentino. Y de exportación. 

Eruca Sativa es sinónimo de sororidad
Tocaron 40 minutos y bien temprano, pero aún así le hicieron lugar en medio su set a artistas mujeres como “La Bruja” Salguero, Sonia Álvarez y Kriz Alaniz, y pidieron por el cupo femenino en festivales, la legalización del aborto y terminaron gritando “¡ningún pibe nace chorro; ninguna piba nace esclava!”.

Un predio colorido
La feria gastronómica es cada vez más grande, los deportes extremos y piruetas en moto siguen teniendo su lugar, por La Casita del Blues pasan incluso referentes internacionales de ese palo, los ecovasos coleccionables cada vez más lindos (aunque la bebida un poco cara: $220 cerveza, $270 el fernet), hubo más puestos de hidratación y descanso del sol, pero no dieron abasto por la cantidad de gente, y un montón de marcas comerciales haciendo activaciones en sus stands para distraer un rato a los fans en medio de tanta música.

Las mejores imágenes de Cosquín Rock 2019 a cargo de Facu Suárez.

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Phil Anselmo en Buenos Aires: entre la actualidad de los ilegales y los viejos clásicos de Pantera

“El verdadero revolucionario es un ilegal por excelencia. El hombre que ajusta sus actos a la Ley podrá ser a lo sumo, un buen animal domesticado; pero no un revolucionario”. Así comienza la proclama incendiaria “Los ilegales”, de Ricardo Flores Magón, exponente del anarquismo mexicano de principios del siglo XX. Esas palabra encajan a la perfección con Phil Anselmo: un músico que, junto a sus compañero de Pantera, llegó para romper con los moldes existentes del heavy metal y revitalizar un estilo que empezaba a repetirse en sus formulas. En estos 16 años que van de la separación del histórico grupo, el vocalista ha emprendido un buena cantidad de proyectos musicales, con improntas bien definidas y lejos de cualquier dejo nostálgico del exitoso pasado. Así es que en esta tercera visita post-Pantera, Anselmo decidió aterrizar en el Teatro Flores acompañado de The Illegals, su última creación visceral, programada para disparar riffs cargados de odio, sobre bases de death metal y grindcore. Entonces Anselmo sale escenario, mientras suena una introducción machacona, y su sola presencia impone respeto ante un publico metalero que da muestras de devoción ante una de las mejores voces que surigeron de la música pesada.  En la primera parte del repertorio, las canciones de Choosing Mental Illness as a Virtue (2018) toman el protagonismo ante un público que aprueba expectante a la espera de lo que vendrá. The Illegals no tienen la aplastante y densa contundencia de Down, pero sí la versatilidad para abrazarse a la velocidad supersónica de canciones como “Little Fucking Heroes” y “The Ignorant Point”, y a la vez poder serenar el ambiente con una balada rutera, en el medio de todas esas gemas urgentes.

Anselmo saca a pasear su faceta más gutural y podrida en las composiciones de The Illegals, y una menos verborrágica, entre tema y tema, al momento de comunicarse con sus seguidores. Al vocalista se lo ve feliz y a la media hora de haber empezado, el recital se quiebra en dos. El doble bombo de “Mouth of War”, que cabalga sobre uno de los tantos excelentes riffs que inventó Dimebag Darrel, da inicio a las canciones de Pantera para que adentro del recinto ya nada vuelva a ser ser igual. El pogo y el mosh ocupan todos los rincones de un Teatro, en donde no cabe ni un alfiler, y la emoción inunda las gargantas de diferentes generaciones metaleras que se mixturan entre los que nunca pudieron escuchar en vivo estos himnos y los que disfrutaron de esas joyas, por última vez, en el aquel lejano show de Parque Sarmiento, en 1998. “Becoming” es una declaración de principios del groove que da a paso a “This Love”, una balada cortante que sólo un grupo como Pantera puede componer. “Fucking Hostile” es una de las más celebradas y “Hellbound” despeja cualquier duda sobre si la voz de Anselmo podía recrear esos contrastes vocales, como en aquellos viejos tiempos. El vocalista se pasea por el escenario como si estuviese en el patio de su casa y pregunta qué tema quieren escuchar, mientras afirma que el público de “South American Argen Fucking Tina” es el número uno. Los bises llegan de la mano de  “Walk”, “I’m Broken” y “New Level” para dejar al público en estado de éxtasis. Con la leyenda de Pantera que se agiganta con el correr de los años, Anselmo evitó hacerse el distraído con su pasado  y revivió esas piezas fundamentales del metal pesado.

Fotos: Lucía Rollano

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Glen Matlock revivió los clásicos de Sex Pistols, dejando la filosofía “No Future” de lado

Se podría decir que la historia fue un poco injusta con Glen Matlock, en cuanto a reconocimiento. A pesar de haber cumplido un rol fundamental en la composición de esa obra maestra que es Never Mind The Bollocks, Here’s The Sex Pistols (1977), las luces de los flashes quedaron para Johnny Rotten y Sid Vicious, su reemplazante en los Sex Pistols. Sin embargo, el tipo evitó los escándalos, se fue del grupo silbando bajito y siguió con su carrera. Tocó en agrupaciones efímeras como The Rich Kids, Vicuous White Kids (el grupo solista de Sid Vicuous, demostrando que no guardaba ningún tipo de rencor por su ruptura con los Pistols), grabó con Iggy Pop, Johnny Tunders y The Damned. Sin necesidad de chapear sus credenciales, Matlock volvió a pisar suelo argentino. Al igual que en el 2015, se presentó con una verdadera selección de músicos locales: Stuka (Los Violadores), El Niño (ex Violadores y The Niños) y Diego Piazza (ex Flema y The Niños). A diferencia de ese último recital, las canciones de su reciente álbum Good To Go fueron las protagonistas.

Mientras el público se acercaba tímidamente a Casa Rock, Matlock, empilchado con un pulcro traje, se fumaba un pucho en la puerta del lugar para aplacar su ansiedad por tocar y pasaba casi desapercibido entre la gente. El recital comenzó casi entrada a la medianoche, después de una larga espera que fue amenizada por Turbocoopers. En las afueras del recinto, la atención estaba puesta en el fenómeno natural del eclipse lunar. Adentro, las expectativas se centraban en lo que podía dar esta leyenda viviente del punk. El show arrancó con cierta tibieza de la mano de “Won’t Put The Brakes on Me” y “Wanderlust”, pertenecientes a su último disco. “God Save The Queen” sacudió la modorra de los asistentes que estaban en su gran mayoría en el plan de escuchar atentamente las canciones, más que adentrarse en la euforia del pogo. Matlock tocó los 17 temas con una guitarra electroacústica, lo que generaba un colchón limpio de sonido, que le allanaba el lugar a Stuka para que impusiera toda su impronta punk. El hecho de que Good To Go lo haya grabado Jim Phantom (baterista de Stray Cats) resultó clave en la cadencia rockabilly de la mayoría de los temas. La blusera “Sexy Beast” le calzó a la perfección a Stuka, demostrando por qué es uno de los mejores guitarristas en un su estilo. La baladesca “Hook in You” dejó en evidencia algunos desajustes en la voz de Matlock, algo lógico en sus 62 años, pero más allá de ese detalle, el ex bajista del grupo que lideraba Rotten aportó toda su profesionalidad en la hora y cuarto que duró el concierto. “Blank Generation”, temazo de Richard Hell and The Voidoids, fue una de las sorpresas de la noche. “Problems” abrió nuevamente el set de canciones de los Sex Pistols, que continuó con “Stepping Stone” (originalmente de The Monkeys) y “Pretty Vacant”, que promovió el primer y casi único pogo de la noche, con Stuka largando la guitarra y tirándose al público. “Anarchy in the UK” también movió los cimientos del local palermitano para dar paso a los bises. La bella y emocionante “All or Nothing” de los Small Faces y el homenaje a Bob Dylan en “Rainy Day Women” terminaron por dibujar una sonrisa en la cara de los punkis avejentados. “Este tipo es un grande por su humildad”, dijo El Niño, antes de retirarse entra abrazo entre los músicos. Y nada más cierta que esa definición: Matlock fue responsable de uno de los discos más grandes del rock and roll y nunca hizo alarde de eso. Para él, la filosofía del “No Future” que se la queden los muertos.

Fotos: Guido De Caria

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Él Mató a un Policía Motorizado en Tecnópolis: La noche eterna

Un dinosaurio, un avión y un robot iluminado en una torre de alta tensión son las primeras atracciones de los seguidores de Él Mató a un Policía Motorizado cuando entran a Tecnópolis, lugar elegido para cerrar la gira de La Síntesis O’konor. El público espera relajado en el predio de Villa Martelli, ya sea tomando una cerveza observando la General Paz o subiendo sus fotos e historias en Instagram de todas las atracciones.  El lugar es ideal, la noche esta ideal, y la banda que va a tocar es la ideal. Como dicen ellos: “¿Qué hay de malo en todo esto?”.

Después de viajar y presentar su último y aclamado trabajo a lo largo y ancho de Latinoamérica y Europa, los muchachos de La Plata, con 15 años de carrera encima y un disco que los llevó hasta la alfombra de los Latin Grammys, saben que el show de esta noche no sólo representa una consagración con su público sino también un festejo. La Síntesis O’konor (2017) le permitió a Él Mató volverse popular, que sus frases aparezcan en remeras, que los jóvenes utilicen sus canciones en las redes, que en definitiva sean, por lo menos para algunos, la banda que eligen para ver, y que si bien siempre tuvieron un público fiel, hoy se volvió más grande, apto para todos y todas. Será por eso que lo primero que se oye al entrar al estadio es la frase “Que fuerte está el aire acondicionado”. No hay humedad en las paredes, ni tampoco baños rotos ni maltratos en la organización. Sí. El Rock puede ser eso también. Puede tener sectores de hidratación, puede tener muchos baños y puede tener, por qué no, aire acondicionado. En definitiva  “¿Quién te va a cuidar? es lo primero que menciona Santiago Barrionuevo (AKA Santi Motorizado) en la apertura del show con “El Magnetismo”. Ya pasaron nueve y media, se apagaron las luces del estadio, y entre nubes de humo aparecen las sombras de Santi, Pantro Puto, Niño Elefante, Doctora Muerte y Chatrán Chatrán en el escenario. El Mató arranca el show con un doblete de su disco anterior (La Dinastía Scorpio, 2012). “El Magnetismo” y “La Cobra” forman el combo de una apertura que se repitió en casi toda la gira. Las luces caen en las espaldas de los músicos en una puesta de escena minimalista, certera, abocada a cumplir la idea de trance con la música. La pantalla está apagada, no hace falta proyectar nada. Por ahora, sólo necesitamos escuchar.

 

Trabajar el sonido en microestadios no resulta una tarea sencilla, en este caso la presencia de Eduardo Bergallo en la consola garantizó dos cosas: volumen y nitidez. El hombre que acompañó a Gustavo Cerati  en casi todos sus trabajos, y productor del último y tan reconocido disco de los platenses, entiende por dónde tiene que pasar la energía de la banda. El Mató suena fuerte, enérgico, punk, como el Pixies más bello. Siempre fue así, sólo que ahora, y con tantos kilómetros a cuestas, esa crudeza de los inicios se transforma en versiones más quirúrgicas, agresivas, épicas, que suenan dignas de una banda que se encuentra en el pico de su carrera. La noche sigue con “Día de los Muertos”,  el viejo público festeja, aquellos que se reconocen como “de la primeras épocas” levantan sus brazos hacia el cielo mientras resuenan como un mantra las palabras de Santi Motorizado: “Me arden las manos”. Barrionuevo agradece la presencia de la gente en su primera comunicación con su gente antes de meter un triplete de su último disco. Ahí se enciende la pantalla para proyectar imágenes de nubes, espacios gaseosos, cosmos, mundos de fantasía o simplemente colores. Salen en continuado “La Noche Eterna”, “La Síntesis O‘Konor” y “Las Luces”. En una simbiosis casi perfecta, la tristeza se funde con el baile. Si Santiago canta “Dame algo esta noche, esta noche es especial” sobre un mundo propio de los antihéroes, el resto de la banda, sumado a Pablo Mena en percusiones, logran movilizar las caderas del público en medio de distorsiones stoners. Sí. También podemos bailar con El Mató.  El show repasa lo viejo como lo nuevo, suenan “El baile de la colina”,“ Noche Negra”, “Postales Negras”,  “Terror”  y  “Terrorismo en la copa del mundo”, momento en que sube al escenario la mujer que robó el corazón del líder de la banda, Mora Sanchez Viamonte (Morita de los 107 Faunos), la única invitada esta noche. En el medio también aparece como invitado el hit de todos los eventos en la Argentina: el famoso MMLPQTP. Santi Motorizado toma el micrófono. Pregunta. “¿Están cantando en contra de Macri?” y, quizás diferenciándose de Rolo de La Beriso, invitó a la gente a continuar el cántico con un simple “sigan, sigan por favor”. La lista continua con tres canciones de la vieja época “Amigo Piedra” (uno de los momentos más coreados)  “Sábado” y “Navidad en los Santos”, con un Barrionuevo repitiendo “es la fiesta que te prometí”.  También aparecen  “Destrucción” (gran momento de  duelo entre percusiones y teclados psicodélicos), “Excalibur” y “Mundo Extraño” para cerrar finalmente la primera parte del show con “El fuego que hemos construido”. Quedan resonando en el aire sonidos espaciales, casi dance, con el estadio apagado. Si alguno sospecha que lo que se viene son simplemente unos pocos bises está equivocado. El regreso de la banda trajo 10 canciones más para completar la lista de 30.  “Madre” y “Fuego” sirven como introducción para el momento en que Santiago Motorizado decide una vez más agradecer y “festejar todo lo ocurrido en el año con la próxima canción”. Suena “El Tesoro”,  el hit del último disco. Santiago escribe sobre el dolor de aquel amor no correspondido, de la lucha de un antihéroe (digno de la novela La Conjura de los Necios de John Kennedy Toole) por tener la atención de esa persona que lo obsesiona. Es, en definitiva, “la depresión sin épica” a lo que se refiere.

De a poco la temperatura del estadio aumenta, ya no alcanza el aire acondicionado para enfriar lo que viene. “Yoni B”, “Chica de oro”, “Ahora imagino cosas” y “Más o menos bien”, completan la lista, para el disfrute de aquellos que están desde temprano pegados a la vallas, y saltan y cantan mientras piernas pasan por sus cabezas en ese revival noventoso que representa el mosh. “El show se termina” anuncia Barrionuevo,  mientras Pantro Puto y Niño Elefante comienzan a tocar los acordes de “Chica Rutera”. El bombo en negras y las luces flotando entre la gente y el techo del estadio agitan a un público que acompaña con las palmas cada uno de los golpes que se sienten en el pecho mientras se repite una y otra vez arriba y abajo del escenario “Espero que vuelvas, Espero que vuelvas, Chica Rutera”.

El cierre representa un gesto  para todos aquellos que siguieron la carrera de la banda desde los comienzos. “Mi próximo movimiento”, toma forma de himno apocalíptico para el público Motorizado.  Todos saltan y bailan, mientras que pequeños grupos de amigos y amigas se abrazan y se encierran casi en pequeños círculos que funcionan como balsas en un mar de gente. Cantan  sin prejuicio que Ellos lloran abajo del árbol, arriba del árbol, detrás del árbol, tuve miedo pero el miedo ya se fue” le sigue “Prenderte Fuego”, un guiño a los primeros fans, un recuerdo  de las primeras épocas, de plazas, de bares, de lugares húmedos y calurosos, muy lejos de este estadio climatizado en Tecnópolis que festeja la consagración de los El Mató. El final se lo dedican a los que creyeron en ellos, a aquellos que soñaban un nuevo movimiento, a los días en que se comentaba sobre una banda de chicos de La Plata con un nombre muy extraño, y que representaba para muchos una renovación del rock argentino.

Fotos: Gentileza Florencia Petra

 

Morrissey en DirecTV Arena: Si no me quieres, no me mires

Una noche a finales de los años ’50, el comediante Lenny Bruce subió al escenario en una de sus tantas presentaciones en bares, teatros y clubs nocturnos de Estados Unidos, con un periódico en la mano (impreso previamente por él mismo) que decía: “Seis millones de judíos fueron encontrados en Argentina”. El Holocausto estaba a la vuelta de la esquina y fue durante aquellos años cuando comenzó a circular la noticia de que se habían encontrado a nazis viviendo en este rincón del planeta. Lenny en realidad se llamaba Leonard Alfred Schneider, pertenecía a una familia judía de clase baja de un pueblo de Nueva York, y ese tipo de acto, tan provocativo y politícamente incorrecto, le valió una vida llena de problemas legales. Fue preso varias veces por posesión de narcóticos, pero también bajo el cargo de “obscenidad y blasfemia”, por reírse por igual del judaísmo, el cristianismo, el patriotismo y las leyes yanquis. Defendido y venerado por Bob Dylan, Woody Allen, Allen Ginsberg y Norman Mailer, Bruce murió en 1966 de sobredosis de morfina, sentado en el baño de su casa en Hollywood con una jeringa en el brazo. Dicen que su amigo Phil Spector (sí el del Muro de Sonido y la condena por femicidio) adquirió todos los negativos que habían comenzado a circular con las imágenes del comediante muerto, quien a esa altura era una especie de enemigo público. Para ese entonces Morrissey tenía 7 años, los mismos que podría tener el chico que en la tapa de Low in High School (2017), el último disco del músico inglés, porta un hacha y una pancarta que reza “Dale un hachazo a la Monarquía” justo frente a una reja del Palacio. El paralelo con Lenny Bruce es cortesía del propio Moz, quien antes de dar comienzo al show en el DirecTV Arena eligió algunas imágenes en video para que todo el estadio vea pasar frente a sus ojos durante media hora a Ramones, Edith Piaf, Robert Gordon, David Bowie, Patti Smith, números más actuales como los italianos Giuda y la estadounidense LP, pero también al comediante. Y es que Morrissey como Bruce le han dedicado su vida a la provocación, a crear controversias, a la incorrección política, a apoyar con fervor causas en las que creen. En los últimos años, por ejemplo, Morrissey saltó en defensa de los abusadores Kevin Spacey y Harvey Weinstein, se pronunció en contra de los movimientos inmigratorios, y a favor del Brexit, la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Pero eso no fue lo más grave que hizo, sino el lanzamiento de dos discos más bien mediocres como World Peace is None of Your Business (2014) y el citado Low in High School. En ellos expone su posverdad, despertando amor y odio por igual a niveles exasperantes, molestando a tanta gente como sea posible. Ahí es donde el Factor Lenny Bruce vuelve a escena y, como el comediante en sus últimos años de vida, coquetea con abrumar al público con autorreferencias donde persona y artista se confunden manchando todo.

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(Fotos: Facu Suárez)

Pero esta noche en el DirecTV Arena, este rincón de tan difícil acceso del Conurbano Norte de Buenos Aires, nada de eso sucede. Morrissey sale a escena con una garganta prodigiosa, con un ánimo a prueba de balas y con un repertorio basado en canciones no tan transitadas de su carrera solista y de sus días en The Smiths. “Les quiero, les quiero, les quiero” grita Moz en un castellano que por lenguaje inclusivo o mal aplicado, pondría a la RAE al borde de un ataque de nervios. Nervios que el cantante disimula cuando justo al comenzar el show no anda el sonido de una de las guitarras. “Está la gente, las cámaras de TV y todo, pero no hay sonido”, masculla entre risas. Una vez superado el trance, el setlist abre con “William, It Was Really Nothing”, para regodeo de los fans más accerimos de The Smiths. La lista tendrá dos apariciones más de la banda que compartió con Johnny Marr: “Is It Really So Strange?” y “How Soon Is Now?”. A mitad de concierto se sacó de encima el compromiso para dedicarse a repasar gran parte de su discografía en solitario, haciendo especial énfasis en Viva Hate (1988), justamente el primero desde su partida de la banda que lo hizo famoso. De ese disco sonaron “Hairdresser on Fire”, “Break Up the Family”, “Dial-a-Cliché” y “Everyday is Like Sunday”, el doble que las canciones del último disco: “I Wish You Lonely” y “Spent the Day in Bed”. “Estoy extremadamente y sinceramente feliz de estar aquí”, lanzó Moz promediando el concierto, explicitando en palabras lo que toda aquella persona presente en el estadio sintió al verlo. Recibió una carta, una rosa, se rompió una remera y una camisa (un fan mostró en Twitter el souvenir) y hasta firmó un vinilo que le alcanzaron desde el campo VIP. La banda, formada por los guitarristas Jesse Tobias y Boz Boorer, el bajista Mando Lopez, el baterista Matt Walker y el tecladista Gustavo Manzur, lo acompañó con soltura pero sin demasiado lucimiento, quizá afectada por algunas deficiencias técnicas en la mezcla del sonido. “Hace unos días aparecimos en la televisión, ¿sabían? Si, en Cartoon Network”, disparó irónico antes de la bella “I’m Throwing My Arms Around Paris”, con una imagen de la revuelta parisina de los Chalecos Amarillos en las pantallas y un mensaje directo hacia el presidente francés en las últimas frases de la canción: “Andate Macron, nadie te quiere Emmanuel Macron, nadie te quiere, y los franceses te la hicieron muy corta”, cantó modificando los versos finales. Otro momento destacado fue la versión de “First of the Gang to Die”, que recordó a Mexrrisey, el supergrupo mexicano que tributa al músico inglés en castellano y en clave de ranchera. En ese instante el show pareció haber alcanzado su climax, con una chica subiendo al escenario para abrazar fuerte al cantante. Moz se dejó querer, pero siguió cantando mientras los de seguridad devolvían a la fan al campo. El falso final llegó con “Something Is Squeezing My Skull”, otra de Years of Refusal (2009), acaso su último gran disco. El bis fue “Everyday is Like Sunday”, donde la comunión público-artista se terminó de sellar con uno de esos hits tan esperados y que el músico largó en cuentagotas. “I Love You, I Love You, I Love You”, se fue diciendo Morrissey mientras caminaba para atrás hasta desaparecer del escenario, cerrando el círculo con aquel “Les quiero” inicial. En la más densa oscuridad los espectadores se quedaron esperando un acto más, mientras en la pantalla se proyectaba en loop un fotograma de “Le sang d’un poète” (“La sangre de un poeta”) la película que Jean Cocteau dirigió en 1930. En esa escena, el protagonista del film surrealista, un viaje vanguardista por la psique humana en la que se exponen los deseos, emociones y temores que determinan nuestras acciones, recibe instrucciones de una estatua y se pega un tiro en la sien. Vaya bis.

Metric en la Sala Bikini

Metric se formó a fines de los noventa, cuando Emily Haines y James Shaw se conocieron en Toronto. En principio se llamaron “Mainstream”, pero cambiaron de nombre y sumaron a Joshua Winstead y Joules Scott-Key para lograr un sonido más rockero. En el año 2003 lanzaron su álbum debut Old World Underground, Where Are You Now? y desde entonces tuvieron una carrera llena de idas y vueltas. Quince años y seis discos después, hoy desembarcan por primera vez a Barcelona a presentar Art of Doubt, su último trabajo.

La banda abrió el show a todo volumen con “Love You Back” y “Youth Without Youth”. Enseguida Haines pide disculpas por tardar tantos años en venir y habla de tomar las desgracias de la vida y convertirlas en una canción. Cuenta que Art of Doubt es un disco difícil para ella porque le mueve sentimientos que preferiría no tener y anticipa que no sabe si podrá seguir con la próxima canción. A continuación se despacha con una versión emotiva de “Risk” y agradece el apoyo del público.

Durante el resto del concierto, la banda intercala canciones de Art of Doubt con clásicos de Fantasies y Synthetica con gran astucia. Con James Shaw encendido en la guitarra y Emily Haines enchufada a 220 volts, el público no tiene respiro entre un tema y otro. Se destacan “Breathing Underwater”, “Now Or Never Now”, “Gimme Sympathy”, anécdotas de la gira, chistes sobre boquerones y el carisma de la cantante.

Cerca del cierre de la noche sólo queda lugar para los hits de ayer y de hoy. La cantante se cuelga una guitarra y el set termina con “Gold Guns Girls”, marcando el punto más alto del espectáculo. La banda se retira del escenario pero vuelven con un bis que da con la talla; “Combat Baby”, “Dead Disco” y “Help, I’m Alive” reaniman a una audiencia que seguía anonadada por lo que acababan de ver. Durante el show Emily Haines describió el proceso de Art of Doubt; finalmente concluye que esas dudas ahora son certezas y promete que no va a volver a pasar tanto tiempo hasta su próxima visita.

Los Violadores en Temperley: El futuro es cancelado

“Queda una sola bala en la recámara. Por favor, que el tiro no salga por la culata”. Esas palabras, publicadas por Pil Trafa en un extenso posteo de Facebook, dan a entender el clima que pesó sobre el último show de esta nueva reunión de Los Violadores. En ese posteo el vocalista de la banda más legendaria del punk latinoamericano pidió disculpas por lo sucedido hace un mes atrás en el Teatro Gran Rex. Esa noche comenzó como una fiesta, en la que celebraron (con unos meses de retraso) los 30 años de Mercado Indio (1987), uno de los pilares de su obra. Hacia el final del recital las tensiones entre Pil y Stuka se volvieron insostenibles, hubo insultos al aire, una retirada y un público que se quedó con bronca por el show interrumpido. Ese antecedente agigantó las posibilidades de que el tiro al que hizo referencia Pil salga directo al pie pero, sin embargo, en esta última parada del reencuentro, en el Auditorio Sur de Temperley, pareció que el arma ni siquiera estaba cargada. Adentro del recinto de Av Meeks hubo más frío que otra cosa. El público acompañó lo justo y necesario, contagiado por la sensación de “sacarse el trámite de encima” que se vivió arriba del escenario. Pocos cruces, casi ninguna mirada, lo que sobraron fueron gestos contenidos. Pil entraba y salía de escena mientras Stuka, Sergio Gramática y el Polaco Zelazek hacían lo suyo. Lo más destacado fue sin dudas que se dedicaron a Mercado Indio por completo, cerrando definitivamente la propuesta de estos shows. “Bombas a Londres”. “Aburrido divertido”, “Infierno privado”, “En la gran ciudad” y “Al borde del abismo”, fueron algunas de las canciones de aquel disco que se fueron sucediendo, que sirvieron para volver a reinvindicar algunas de las banderas que se enarbolaban ayer y que hoy siguen vigentes. Mercado Indio salió en 1987, cuando Argentina estaba saliendo de la primavera alfonsinista, la euforia por la recuperación de la democracia mermaba mientras comenzaba a aflorar el aberrante legado socio económico de la dictadura militar. Los Violadores entendieron eso y lo plasmaron en un álbum cercano a lo conceptual, donde confluyen perfectamente la Guerra de Malvinas, el tributo a los pueblos originarios de Ámerica Latina y el “No future” o “El futuro es cancelado” como dicen en “Juega a ganar”.

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(Fotos: Emmanuel Distilo)

Ahora es justamente en ese tema donde se produce una especie de cortocircuito en el escenario. Pil se acerca a Stuka, pero el guitarrista se echa para atrás con una mueca teatralizada de horror. Unos minutos después el cantante toma el micrófono: “nos dejaron varios muertos, por eso les digo mierda a todos los que sean fuerzas federales, mierda a Macri, al ejército”. El violero lo mira y responde ácidamente: “¿vieron que hice bien en querer taparle el micrófono?”. Parte de la grieta entre ambos líderes está ahí, en la forma de encarar la actual coyuntura politico social argentina. Mientras Pil muestra sin empacho su incendiaria opinión (“Nuestro país está en muy malas manos. Familias patricias (Bullrich, Larreta), contratistas de la dictadura, latifundistas, usureros, financistas, F.M.I. Bajo el mando de una promoción escolar vulgar e incorregible”, escribió en aquel posteo de FB), Stuka cree que ese tipo de referencias directas significa “hacerle propaganda” a los políticos. El show sigue adelante y al cumplirse una hora exacta del comienzo, Pil anuncia que “es tarde para todos”, así que la banda sale completa del escenario y vuelve en unos minutos para hacer “Auschwitz”. Inmediatamente después Stuka toma el control y por primera vez se refiere al futuro: “Pil Trafa, Gramática, el Polaco y yo nos despedimos de todos ustedes, y bueno, que sé yo, nunca se sabe”, antes de comenzar con el riff de “Represión”. Gramática deja la batería un instante y también dice lo suyo: “Es infinito el tiempo que hemos pasado juntos. Gracias”. Suenan “Mercado Indio” y “Fuera de sektor”, con Pil sentado al borde del escenario mirando a la gente. Ya se acerca el inevitable final, con los acordes de la Novena Sinfonía de Beethoven, el “Himno a la alegría”, que precede al clásico de clásicos “1,2 Ultraviolento”. Signo de los tiempos, es el momento en el que otrora sería un pogo salvaje y descarnado, pero ahora el campo del Auditorio Sur está cubierto por pantallas de celulares que buscan captar lo que puede ser el último destello de vida de Los Violadores. Y los que hicieron rec se llevaron como broche un emocionado “los queremos mucho, gracias por todo” de Pil y el abrazo del final. Un adiós más agradable que el del Rex, sin dudas, pero no mucho más. ¿Y ahora que pasa, eh?

La Mississippi en el Estadio Luna Park: 30 años no es nada

Por Fernando Piscitelli

Luna Park, 15 de noviembre; 21:30 hs. Las luces se apagan y… ¡un payador! aparece en el escenario para hacer un recorrido por la historia y la discografía de La Mississippi. Un comienzo más que simpático y gratamente sorpresivo para lo que será una noche de festejo entre amigos. Entra la banda con “Niño bien”, gran tema rescatado de Cara y ceca (1997) y pegadito suena el histórico “Matadero”, de su segundo disco Bagayo (1995). La treintena de canciones que sonaron en las casi tres horas de show repasó prácticamente toda la discografía de la banda. Y resalto el término canciones porque si bien arrancaron como una banda estrictamente de blues, se despegaron del término “Blues Band” en el ya nombrado Cara y ceca, disco en el cual comenzaron a experimentar y a abrir el abanico con géneros como el rock, algún toque de jazz y el uso de instrumentos poco convencionales en el blues como una flauta traversa en “San Cayetano”, tocada en el show por quien la grabó, el ex Mississippi “Zeta” Yeyati, histórico de la dupla de vientos que conformaban junto con Eduardo Introcaso. Claro que no fueron los únicos invitados a la fiesta; el desfile fue incesante. Y es destacable el dinamismo que tuvo el show pese a que prácticamente en cada tema cambiaba el invitado en cuestión. Un punto altísimo fue la llegada de Las Blacanblus al escenario; Viviana Scaliza, Déborah Dixon y Cristina Dall (quien pidió recordar a la fallecida Mona Fraiman). Las elegidas para este segmento no fueron casualidad: “Same old blues”, de Don Nix, que La Mississippi grabó con ellas mismas en Mbugi (1991) y “My babe”, de Willie Dixon, que Las Blacanblus grabaron en su primer disco Cuatro mujeres y un maldito piano (1994). La combinación de las voces de Ricardo Tapia con las damas bluseras hizo erizar la piel. ¿Se juntarán nuevamente Las Blacanblus? Ojalá suceda.

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Fotos: Gentileza Silvio Cornejo

“Los gustos hay que dárselos en vida”, repetía Tapia con el correr del show y de eso se trató parte de este festejo; “Azúcar amargo”, de Vox Dei, con el mismísimo Willy Quiroga en escena y varios homenajes a Pappo, que en el caso de “Desconfío” se sumó Valeria Lynch para aportar su potentísima voz, en la que fue una de las sorpresas de la noche. Claro que no faltaron invitados más usuales de ver en shows de La Mississippi como los guitarristas Miguel “Botafogo” Vilanova o Daniel Raffo, con quien hicieron “Caldonia”, clásico de blues grabado en el disco Classic (1995). El blues lento esa particularidad de generar clima -ya sea en un bar o en un estadio grande como el Luna Park- y da lugar a la zapada y la improvisación. Fue con las bellísimas “Tus amigos” y “Un poco más” donde se lució la histórica Fender Stratocaster color celeste de Gustavo Ginoi, compañero de Ricardo Tapia desde los comienzos en 1988 en Florencio Varela. Completan el grupo Claudio Cannavo en bajo, Juan Carlos Tordó en batería y Gastón Picazo en teclados.  Treinta años no se cumplen todos los días y La Mississippi tuvo el festejo que merecía; la llegada al Luna Park les imprime definitivamente su página de la historia del rock argentino. Treinta años poniendo el lomo y luchando contra todos los escollos que significan estar en una banda que no se mueve dentro del circuito comercial y que, como bien remarcó el frontman, showman y líder de la banda Ricardo Tapia, no se cierra un ciclo, sino que comienza una nueva etapa. Por muchos festejos más; salud.

Personal Fest 2018 en el Club Ciudad

Fue un fin de semana tormentoso en todo sentido. El diluvio cuasi universal -digno de buscar un arca y animales que azotó el sábado a la Ciudad de Buenos Aires y alrededores- dejó consecuencias duraderas en el inconsciente colectivo: no se jugó la Súper Final de la Copa Libertadores entre Boca y River el día pautado, se suspendió la primera fecha del Personal Fest con Robbie Williams a la cabeza y las inundaciones en distintos puntos de la ciudad y el conurbano dejaron infinidad de fotos, videos y testimonios de personas que padecieron el agua y todavía están intentando recomponerse.

Así también, como levantando un peso muerto, se desarrolló la segunda fecha del Personal Fest, que sí se dio el domingo y cumplió con lo pautado. Ni más ni menos. Con el predio reducido por las lagunas que quedaron del tormentón y los escenarios principales muy ¡muy! pegados y todavía afectados con bolsas de consorcio tapando las luces, la segunda fecha del Personal Fest se llevó a cabo de un modo correcto y medido hasta que llegó Lorde. Pero eso es para después.

Comencemos con Warpaint. Como relojitos suizos, las californianas tomaron el escenario Huawei durante exactamente 40 minutos e hicieron lo que mejor saben hacer: tocar. Sin ninguna puesta en escena exagerada (nada, de hecho), sin ningún vestuario estrafalario y sin mucha charla con el público más que los “gracias” de rigor, la banda mostró que intercalar cantantes no está mal y que entre ellas la telepatía es la que rige arriba del escenario.

Dentro de las pocas canciones que formaron del set estuvieron “Beetles”, “New Song” y “Disco”, que fue el punto final de un show concreto y profesional. Prolijas, austeras, contentas y en proceso, las Warpaint se animaron con timidez, pero firmeza, a mostrar el trabajo de tantos años y el público lo apreció. Hasta ahí.

“Somos Death Cab For Cutie” se escuchó mientras la gente pasaba de un escenario al otro. Estaban pegados, sí, pero con un endemoniado campo vip en el centro de los dos (o sea, en el vértice izquierdo de uno y en el derecho del otro) que hacía que ir de uno a otro equivaliera a dar una vuelta y rodear el sector de los que más ganas tenían de estar ahí, o más posibilidad de pagar tenían.

El escenario Personal Fest fue el encargado de recibir por primera vez en Argentina a los exponentes del indie rock que se formaron en 1997 y mantuvieron su sonido de fines de los 90 hasta el día de hoy. Con algunos cambios de formación pero con Ben Gibbard (¡qué carisma!) timoneando el barco, los DCFC aprovecharon la caída del sol e iluminaron con sus guitarras, sus baladas, su puesta en escena y su luz interna a la gente que recién estaba llegando: se ve que muchos esperaron a que termine Boca – River para salir de su casa.

“Long Divison”, “Summer Years”, “Title and Registration”, “I will Follow into the Dark”, el setlist de 12 temas de los de Seattle fue un curriculum vitae entregado a los fanáticos que los querían ver, pero además a los que estaban ahí por otra cosa. Con “Soul Meets Body” algo quedó claro: hacen las cosas bien, y quieren que la gente lo sepa.

Vuelta a correr al escenario Huawei: arrancaba MGMT. Eternos niños torpes y tímidos, con una capacidad de composición madura, experimental y divertida: el baile llegó por completo al público hasta ahora apático del Personal Fest. Hubo algunos movimientos durante los shows previos, sí, pero siempre en el lugar y sin chocarse con nadie. La diferencia generacional y la distancia de forma de consumo entre los asistentes a la primera edición del festival, allá por 2004, con Morrissey, Blondie y Primal Scream entre otros, es notable: unos dirán que ahora falta pasión, otros que antes sobraba.

Los MGMT eligieron hacer su show con un decorado digno de foto para Instagram. Había plantas por todo el escenario, una pantalla enorme atrás con animaciones ad eternum y una más chica en el medio, entre los dos protagonistas, que proyectaba lo mismo que la anterior. Hubo imágenes psicodélicas y hasta un filtro que dibujaba sobre ellos mismos proyectados, como Snapchat, pero mejor.

Además de la puesta en escena que hizo que el escenario se levante hasta la altura de los músicos, la banda invirtió en la maquinaria para sonar espectacular y la lista más que adecuada para un festival que no escatimó en hits ni onda. Pasaron “Time to Pretend”, “Little Dark Age”, “Electric Feel” y, por supuesto, “Kids”, que fue mechado con la canción de La Historia Sin Fin e imágenes de la peli, vuelta a “Kids”.

Andrew VanWyngarden, un poco torpe y un poco canchero, fue el primero en usar la pasarela en su totalidad, en donde recibió un pañuelo del Personal, una vincha de flores y ¡un corpiño! Además la banda invitó a Connan Mockasin (había tocado previo a Warpaint) en dos temas y demostraron que la amistad entre colegas y las colaboraciones quedan bien. El cierre fue con “Of Moons, Birds And Monsters”, aunque sonó como banda sonora del exilio del público: casi la totalidad de los asistentes pegaron la vuelta hacia el escenario principal porque venía ella: la Reina del Personal Fest.

Todo lo que faltó en los shows previos lo trajo Lorde. “Sober” fue el inicio del show más largo de la jornada, con la neozelandesa que convocó a personas de toda edad, sexo e índole: el pop es global y Lorde tiene la bandera.

“Estoy muy contenta de estar otra vez en Buenos Aires”, fue la primera de las infinitas flores que la cantante le tiró a su leal y emocionado público. Lorde cumplió 22 años la semana pasada así que el público le cantó el Feliz Cumpleaños, cantó todos sus temas y aplaudió cuanto “I love you guys” se escuchó en lo que duró el set.

Luego del inicio con bailarines y proyecciones incluidas, que se mantuvieron durante todo el set, la lista paseó por todo su trabajo y todos los humores. “Homemade Dynamite”, “Tennis Court”, “Buzzcut Season”, el plato fuerte del Personal fue la chica que se viste de plateado y recorre el escenario de una punta a la otra sin parar. Buena jugada.

El momento emotivo de la noche fue a mitad del show, cuando Lorde se sentó en la punta de la pasarela y proclamó su amor por Argentina, las hermosas experiencias que pasó acá, “son diferentes a cualquiera que haya conocido” y demás. Luego sonaron “Writer in the Dark” y “Liability”, que fueron el pico de su performance. La actitud para cantar en este caso supera la técnica o cualquier parafernalia que adorne el escenario. La banda en segundo plano y la rebelde del pop al frente, desgarrando notas para hacerlas sentidas y emocionales, hicieron valer cualquier espera, peligro de suspensión o amenaza de lluvia.

Histriónica, simpática, talentosa y un poco oscura: Lorde siguió su lista con “Supercut”, “Royals”, “Perfect Places” y eligió “Green Light” como último tema de su set y como cierre final de la edición 2018 del Personal Fest. La lluvia seguía amenazando, los aviones seguían pasando por al lado, pero el público salió cambiado, movilizado. Hay una nueva reina del Pop, aunque ella no quiera serlo.

Fotos: Facundo Suárez

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