ENTREVISTAS

Eté & Los Problems

"Hago canciones para salvarme"

Angustia, felicidad, tortura, liberación. Cada una de esas palabras conviven en el aura que rodea a Ernesto Tabárez, el músico y compositor uruguayo que lidera Eté & Los Problems. En esta entrevista habla de sus canciones, de cómo acompañaron al estadounidense Daniel Johnston en su visita a Uruguay, de su último disco ("El Éxodo") y del que está por venir. Y claro que también de la fecha de este viernes con Acorazado Potemkin en el Salón Pueyrredón.

El Éxodo habla de viajes, de movimientos, de caminos. ¿Llegaste a donde querías llegar? ¿Había un destino?
No lo sé. Ahora estoy escribiendo un disco nuevo y es una pregunta que me estoy haciendo y no tengo clara la respuesta. Capaz que no se llega a ningún lado, capaz que el camino es el destino. El próximo disco procura responderlo pero todavía no me ha dado una respuesta. Lo estoy empezando a armar, no tengo bien claro cómo va a cerrar. Pero es una cosa que el disco se pregunta. Básicamente estoy moviéndome todo el tiempo. No me he quedado quieto en ningún lado.

-¿Y qué te encontrás en el camino?
Todo es una sorpresa. Nosotros hicimos el disco en 2014 y en 2016 cerramos una gira en Alemania, a recorrer el invierno alemán, a recorrer algo desconocido. Nunca me había tomado el avión de los grandes, y de golpe estabamos tocando en Stuttgart para 200 personas que no entendían ni una sola de nuestras palabras. Tengo como una cosa de espectador de mí mismo, voy viendo las cosas pasar y no las acredito del todo. Además la gira te pone mucho a prueba, es muy agotador, te descubrís, vas a descubrir cosas de vos que son un embole. Preferías pensar que no eras así, y de golpe te descubrís siendo una persona difícil hasta para vos mismo. Si hay un modo de hacerse mejor es por ahí, es dándote cuenta, tratanto de solucionar lo que puedas.

Es sacrificado hacer un disco, tenés que meterte en partes oscuras de vos, tenés que volverte loco buscando palabra que entre, que suene como querés, que diga lo que querés, cómo la música lleva a eso.

-¿Escribir canciones es un sacrificio?
Absolutamente. Lo disfruto al final del camino, en el medio no. Todo es un recorrido. Es sacrificado hacer un disco, tenés que meterte en partes oscuras de vos, tenés que volverte loco buscando palabra que entre, que suene como querés, que diga lo que querés, cómo la música lleva a eso. O al revés, hacer una música y ver cuál es la palabra que entra ahí, arreglarla. Sufrir es mi forma de disfrutar. No es una cosa copada, tipo me levanto, me hago un té y escribo una canción sobre desgarrarme. No, me vuelvo loco, me doy contra las paredes, paso 7 horas, me fumo 60 cigarrillos y llego a una canción. Y cuando la termino es una situación de éxtasis que dura un rato y después bueno, tengo que hacer otra. Si hago canciones es para cerrar las heridas o para darle sentido. No para abrirlas. El objetivo es que sanen. Duele, pero te cura. Yo hago canciones para salvarme. De mí, de mí mismo, del mundo. Al mismo tiempo salvar a los que me rodean, a cualquiera que sienta que en mis canciones hay una mano tendida: esa mano es la mía. Es mi forma de tenderle mi mano al mundo, para dársela a otro y para que otro la tome. Si no hiciera canciones sería una persona horrible, mucho peor de lo que soy. Abogado, dealer, alguna cosa espantosa. Algo dañino. Cuando hago canciones no lastimo a nadie.

-En una nota que te hicieron en Uruguay hablaste de canciones “lindas”.
Las canciones no se tratan de su contenido y su simbolismo, también tienen que tener una linda melodía, una cosita que te quede en la cabeza. “Jordan” tiene eso, no solo se hace música desde la conciencia de la existencia, también se hace música porque es linda, porque tiene que ser linda. Porque mirá qué linda canción. Eso tiene que pasar. Eso es lo lindo del rock, un poquito de alegría, de belleza, un algo de lo que agarrarte. Una alegría menor en un océano de petróleo negro.

(“Los Muertos”, de su disco Vil, editado en 2012)

-¿Cómo viene la composición del próximo disco? ¿Tiene una idea concreta?
Nunca sabés con los discos. Son un misterio. Yo lo tengo ahí, hay que boxearlo hasta arrinconarlo y que en un momento empiece a soltar canciones. Ahora lo tengo bastante arrinconado, tengo algunas ideas claras que son las que sostienen todo el disco, hay que hacer que eso se convierta en canciones: es lo más difícil, pero lo último. Son ideas concretas pero son frágiles. El disco es una idea hasta que es canción. No es un disco, es una nube, condensa en un disco. Las canciones explican el disco, las ideas son confusas. Yo vivo en una confusión, la incertidumbre es mi credo cuando hago canciones. Voy atrás de cosas que no sé ni lo que son.

-¿Qué hay de música argentina en Eté & Los Problems?
Me crié escuchando música argentina, mi primer concierto fue “La Rueda Mágica Tour” en el Estadio Centenario. Tendría 9 0 10 años. Vi eso y dije “wow, quiero esto para mí”. Escucho mucha música de acá. Además tenemos un código en común, somos barrios vecinos. Los códigos son similares, yo me cruzo con las bandas con las que tocamos acá y no hay nada que ellos puedan decir que yo no pueda entender, y no hay nada que yo pueda decir que las bandas o el público de acá no puedan entender. La recepción de nuestro disco acá muestra eso: hay una cosa muy común en nuestro lenguaje y en nuestra forma de ver las cosas. Si bien hay diferencias, nosotros no somos porteños, somos montevideanos y se nota. No podría identificar qué partes son las porteñas en mi música porque estaban ahí cuando yo empecé a escuchar música. No pensaba de dónde era.

Daniel Johnston es un artista muy único, no conecta con la realidad, tiene una realidad propia y te deja entrar. Ni siquiera te deja, no te invita, solo se expande y quedás adentro de la bola de luz. Nunca me había pasado algo así.

-Cuando Daniel Johnston tocó en Montevideo, Eté & Los Problems fue su banda. ¿Qué fue para ustedes esa noche?
Fue para todos probablemente el momento más mágico que hayamos vivido en nuestra vida. Era irreal, fue una noche perfecta. Es un músico que nos gustaba mucho a todos, de golpe venía, arreglamos, conseguimos tocar con él. Fue muy difícil su venida, se canceló, pensamos que no iba a suceder. Estabamos todos con miedo, pensabamos que iba a ser una especie de ejecución pública, suya, nuestra. Y empezó a pasar y ya, es una luz gigante en el medio del escenario. Entrecerrabamos los ojos para no encandilarnos, avanzamos con él y terminamos todos abrazados en el camarín… Fue dejarnos llevar, él es una fuerza de la naturaleza. Es un artista muy único, no conecta con la realidad, tiene una realidad propia y te deja entrar. Ni siquiera te deja, no te invita, solo se expande y quedás adentro de la bola de luz. Nunca me había pasado algo así. Fue realmente mágico.

-Vuelven a tocar en el Salón Pueyrredón con Acorazado Potemkin. ¿Hay algo con el lugar?
-El Salón tiene una cosa histórica y es el lugar en el que algunas personas que trabajan ahí nos tienen aprecio, nos tratan como parte de esa familia, nos dan una mano, nos abren la puerta y nos dicen “esta es su casa”. Por eso tocamos ahí.

-¿Que significa la música para Ernesto Tabárez?
Creo que la música está por encima de los músicos. Hay que entregarse al lado de la música, algo anterior a mí, que va a estar después de mí. En el mejor de los casos tiraré una rama al fuego eterno de la canción. Somos solo eso, representantes. La música es más que yo, que nosotros. Toda la historia de la música lleva a nuestra música. Te vas a morir y lo que va a quedar, en todo caso, si tenés suerte, son 4 canciones. La gente no sabe nada de Beethoven, pero 400 años después ahí está la obra, iluminando. No necesariamente está el autor. Los autores tienden más a desaparecer que su obra. Y está bien, en el fondo siempre se trata de eso. No se trata de mí, se trata de las canciones. Si en 400 años hay un pibe cantando “Jordan” no importa quién era yo, importa que ese pibe pueda sentir lo mismo.

(“Jordan”, de su disco El Éxodo, editado en 2014)

Por Clara Sirvén