ENTREVISTAS

José Palazzo

"A Cosquín el público va más a coger que a pelear"

[Nota de Archivo]
Publicada en Soy Rock 93, enero de 2015
Por Pablo Mileo
Fotos de Pepe Cáceres

Desde un rincón de las sierras donde arden las estrellas, la cara visible de Cosquín Rock revela los secretos del festival de rock argentino más impor­tante de todos los tiempos y explica qué hizo para pasar del mundo de la televisión cordobesa a la producción de eventos a gran escala, cómo con­venció a Calamaro para que toque este año, cuáles fueron sus mejores fracasos y por qué se cargó al hom­bro la vuelta de Pato Fontanet.

La primera vez que José Palazzo se en­contró en persona a Andrés Calamaro fue en el año 2000, más precisamente en “No Somos Ángeles”, el delirante progra­ma que conducía en el Canal 12 de Córdoba los domingos a la medianoche. Calamaro re­cién había sacado El salmón, y su compañía lo mandó a hacer prensa a la ciudad para promo­cionar esa demencia en forma de disco quín­tuple. “Estuvo tres días en Córdoba, pero iba a los programas y casi no respondía de lo loco que estaba. Se querían matar los de Warner. Pero con nosotros se cagó de risa. Entró al es­tudio con una estatua, que era parte de la es­cenografía del otro programa, y yo le dije ‘está mejor la estatua que vos’”, recuerda José, que acaba de cerrar, por primera vez en la historia de Cosquín Rock, la presencia de Andrés en el festival de rock argentino más federal e im­portante de todos los tiempos. En realidad, antes de convertirse en uno de los productores de espectáculos más exitosos de la Argentina, Palazzo pertenecía al mundo de la televisión. Fue gerente de programación de VCC (Video Cable Comunicación), una de las primeras empresas de cable del país, y su trabajo consistía, básicamente, en viajar por el Interior comprando señales regionales. A los 27, colgó el traje (“ahora me lo pongo solo para casamientos o bautismos”) y empezó a generar contenidos locales para la televisión de Córdo­ba con su incipiente productora. Cuenta: “Pro­ducíamos 14 horas diarias de aire y llegamos a tener 320 empleados. Yo, además de ‘No so­mos ángeles’, conducía ‘La jungla’, con Daniel Aráoz, y ‘El ómnibus’, que era una onda Juan Alberto Badía, muy popular. Íbamos de 1 a 6 de la tarde y hacíamos 30 puntos de rating.
Los sellos discográficos nos ponían una fortuna de plata para que cierren en vivo sus artistas: el Puma Rodríguez, Chayanne, Ricky Martin, Ar­jona. Pero también tenía que presentar al cuar­tetero del momento que después se extinguía a fin de año. Todo eso me dio la posibilidad eco­nómica de armarme una buena productora”.
Fue así que Palazzo empezó a organizar los shows de su banda de hard rock Rouge And Roll, donde tocaba el bajo, y a hacer sus prime­ras producciones, no del todo exitosas, como la de Marky Ramone & Intruders en el Centro Cultural General Paz en 1997. “Metimos 29 espectadores. Me lo vendieron desde Buenos Aires. ‘Explota’, me dijeron. Después aprendí que todos te dicen lo mismo”, se ríe José, que ahora comanda En Vivo Producciones, con la que organiza, además del Cosquín, centenares de shows por año (de la Renga a Luis Miguel, pasando por Metallica y Chayane), el Rally Dakar, el Cirque Du Soleil y diferentes eventos de marcas de gaseosa y telefonía celular.
–Falta un mes para los 15 años del Cos­quín Rock, ¿pero cuándo arrancan con las reuniones de producción?
–A mitad de año. Ahora decidimos hacer una película oficial, que está basada en un 80 por ciento de material de archivo y el res­tante en nuestras reuniones de producción. Generalmente, los primeros encuentros son para ver qué le vamos a agregar de contenido nuevo al festival. Este año fue, por ejemplo, cómo íbamos a defender lo de los vasos eco­lógicos porque la gente no se prendió. Enton­ces pensamos en poner 50 lugares más para que puedan canjearlos y no nos queden en el pasto. Porque si no, dentro de cuatro años, nos vamos a tener que ir del lugar porque se transformó en un gran residuo patógeno. O lo mismo: ¿Cómo convencemos a los tipos que abren la cerveza para que no tiren las chapitas en el suelo? Y bueno, le podemos po­ner un precio a las tapitas para que las guar­den en el bolsillo y después la cambien por dinero. Por eso, hablamos de estas cosas has­ta cómo convencemos a Calamaro que toque.
–¿Y cómo lo convenciste?
–No sé, creo que esta vez se alinearon los astros. Llevaba años hablando con él y no lo podíamos cerrar por coyunturas que exce­dían lo económico y artístico.
–¿Qué rol cumplen los sponsors en el fes­tival?
–Tenemos algunos pero no de los que pue­den hacer una inversión grande en un evento regional. Por eso no nos podemos dar algu­nos lujos de traer artistas internacionales con grandes volúmenes de dólares. Aunque a veces también está el tema de los carnavales. El año pasado lo íbamos a traer a Slash y tuvo que correr su gira por los carnavales de Brasil y no le convenía económicamente. Entonces, sin los números internacionales y sin la re­sonancia de un festival de marcas, Cosquín Rock puede seguir siendo único en su espe­cie. Es independiente, tiene poco presupues­to, pero junta artistas muy convocantes.
–¿Qué relación hay entre el porcentaje de venta de abonos y el de entradas individuales?
–El año pasado hubo una gran venta de abonos. Fue el record. Eso habla muy bien de la grilla, significa que es buena y heterogé­nea. Siempre se vendían entre 8 mil y 9 mil, y en el 2014 fueron 15 mil. Más del 50 por ciento del público que iba por jornada había sacado el abono. Inédito.
–En cuanto a la grilla, da la sensación que el público va más allá de quién toque, que ya sabe de antemano que se va a encontrar con cosas que le gustan. Después si ponés a los Arctic Monkeys, mejor…
–La realidad es que cada vez que nos jun­tamos nos puteamos, como los jugadores de un equipo de fútbol, porque falta tal o cual banda y está bueno eso. Sabemos que hay bandas que no pueden estar y hay otras que nos encantaría que estén, pero no podemos meter a todas porque no nos entran. Y digo “nosotros”, no porque me sienta el Diego, sino porque Cosquín Rock lo hacemos entre un montón. En las reuniones de producción hay más de veinte personas. Yo soy la cara visible. Y el que cada vez labura menos.
–¿Qué buscaron este año con la grilla?
–Variar. En el mismo día que está Skay, están los Kuryaki y Molotov, que va a grabar en nuestro festival su disco en vivo. Y llamé a artistas que no tocaban hace mucho como los Decadentes o Pez, y otros que no vinieron nunca como Calamaro o Boom Boom Kid. Y después, juntamos a Ciro, Pastillas, Pelotas, Salta La Banca y El Bordo que hoy, dentro de sus rubros, son los número 1. Este año tene­mos una apuesta y es que Catupecu Machu va a tocar a las 6 de la tarde, a ver si la gen­te va más temprano. Vamos arrancar a las 4 de la tarde y habrá 10 bandas en el Escena­rio Principal por día, 11 en el Temático y 12 en el Hangar. Es más, hasta hace un rato, el Escenario Principal y el Temático se llamaban Norte y Sur, pero los cambié porque depende de dónde vengas puede ser norte o sur.
–¿Por qué metés a Don Osvaldo en el Te­mático y no en el Principal?
– A ellos les copa la idea de estar ahí. Y de paso, le sacamos dramatismo a que toquen en el festival. Si los pongo en el Principal qui­zás hiero la susceptibilidad de algunos tipos que no los quieren. Así me saco el problema de encima. Armamos un escenario de rock y blues y metimos a La Mississippi, Blues Mo­tel, Viticus. Además, Los Gardelitos van a presentar su espectáculo nuevo, que incluye cuerdas y bailarines de tango. Y van a estar los Jóvenes Pordioseros, que hace mucho que no vienen. El Escenario Temático siem­pre tiene una vida muy especial porque se crean microclimas. El heavy llega a las 9 de la mañana, se hace un asado, toma vino en caja, entra al festival y se queda en su zona. No le interesa el resto. Y ha habido días de mucha más gente en el Temático reggae que en el Principal.
–Este año estuviste con Fabricio Oberto en el festival Austin City Limits, ¿qué tal estuvo?
–Buenísimo. Fabricio me había hablado muy bien de este festival que se hace dos ve­ces al año. Primero, multidisciplinario y poco masivo: se hace en miles de bares. Y después se hace en un parque como los Bosques de Palermo cerrado con vallas. Lo inventó Wi­llie Nelson, que fue el primer tipo de Texas que empezó a hacer encuentros de músicos en Austin, en los 70.
–¿Qué les llamó la atención?
–Que la gente entra muy temprano. Y es porque hay algunos artistas fuertes. Y que Calvin Harris tocó a la misma hora que Pearl Jam y te puedo asegurar que había muchísi­ma más gente viendo a Calvin Harris.
–El de Austin hace mucho hincapié en la gastronomía, ¿no?
–Tienen carritos de lo que se te ocurra. Son geniales los yanquis, en ese sentido. Acá es muy difícil convencer a los gastronómicos cordobeses que se la jueguen por otra cosa. Me encantaría que haya comida vegana. Cuando les propuse que en el patio cervecero hubiera salchichas con chucrut para comer con cubiertos de plástico me dijeron que se iban a acuchillar con eso. Yo les contesté que, el día que se pudra, iban a agarrar los fenóli­cos para pegarse, no un cuchillo de plástico.
–Con la revista fuimos a cubrir casi todas las ediciones del Cosquín y nunca vimos una pelea. Y eso que está todo el mundo mamado…
–Los únicos incidentes son los que hay con los pungas en las afueras, con la Policía. Pero salvo eso, nadie va a pelearse porque no están en ese plan. Van más a coger que a pelear.
–¡Es mucho más divertido!
–Creo que a diferencia de lo que pasa en el cuarteto o la cumbia, se respeta más a la mujer del otro. Si la ves con otro chabón, te hacés el boludo. Al menos es lo que yo percibo cuando camino las 9 hectáreas. Es grande, eh. Recién te das cuenta todo lo que caminaste cuando llegas al hotel. Es muy divertido pasearlo.
–En el predio hay otras atracciones ade­más de shows en vivo.
–Está la tirolesa, por ejemplo, que el año pasado tuvimos un temita porque algunos artistas, como no le habían cazado la onda, no querían que los fans se tiren durante el show porque sentían que se distraían. Aho­ra estamos tratando de que nos dejen tirar aunque cuatro o cinco personas mientras tocan. Después está La Vuelta al Mundo, que tenés un panorama increíble.
Cuando la propusimos, nos decían que la gente se iba a caer, que era peligroso.
–El año pasado te la jugaste con el uni­personal de Favio Posca y funcionó porque siempre estaba lleno, ¿no?
–La verdad que sí, las carpas alternativas han generado mucho movimiento. Para este año agregamos artistas no convencionales pero que son del palo como Daniel Aráoz, que va a presentar El rey de la milonga, un uniper­sonal de Fontanarrosa. Fabio Alberti también va a hacer el suyo. Hernán Casciari va a relatar cuentos. Pettinato va a hacer Me quiero sentir bien. Todo surgió a partir de la invitación que le hicimos el año pasado a Favio y que dio re­sultado. También vamos a presentar el libro de Rocambole y vamos a ampliar la muestra de fotografía. Y queremos que el concurso de murales sea más cojonudo. Hay unos diseña­dores cordobeses trabajando al respecto.
–¿Con cuál idea fracasaste?
–El año pasado invertimos en las fiestas electrónicas y no le dio bola nadie. En los fes­tivales de afuera, los DJs están como un show más, no como algo para después de las ban­das. Ese fue nuestro error: poner esas cosas tarde cuando la gente ya está re limada.
–¿Y cuándo considerás que un Cosquín fue exitoso?
–La misma noche sabemos si fue un éxito comercial o no. Pero en muchas ediciones, la gente lo dió por sentado y no era tan así. La del 2014 fue menos exitosa que la del 2013, pero tuvo que ver con la gran cantidad de apuestas que hicimos. Piensan “este no trae a los Arctic Monkeys, no trae a Kiss, ¿en qué gasta la guita?”. Y por ejemplo, Fuerza Bruta, en el medio de un predio, sin infraestructura propia es muy costoso de armar.
Este año va­mos a pisar los 30 millones de presupuesto, que para un festival como el nuestro es mu­chísimo, sobre todo con los precios de nues­tras entradas. Después está el análisis que hace la gente y eso nos lleva más días saber si lo disfrutaron o si las novedades pegaron.
–¿Cómo haces para que Cosquín crezca y a la vez siga manteniendo su mística?
–No sé. Mirá, nosotros seguimos haciendo la guerrilla de rockerías de los comienzos, en la que le damos un porcentaje de cada entrada que venden. Hay una botonería en La Falda que es un punto de venta hace 15 años, de cuando estábamos en la plaza Próspero Molina. Y no­sotros se lo seguimos respetando y le damos 20 mangos por entrada que vende. A su vez, ellos hacen sub-campañas publicitarias en la zona para vender tickets tiene que ver con eso.
–¿Te enterás de muchas historias después de cada edición?
–Este año encontraron a uno que la madre decía que se había perdido en Cosquín Rock y la Policía nos contó que el tipo se había ido a vivir a Bolivia con cuatro amigos, sin do­cumentos, vendiendo sahumerios. Todos lo sabíamos, pero la madre me decía que no, me caía a la oficina, lloraba y me decía “es un desaparecido de Cosquín”… hasta que volvió.
–El año pasado se casó en el escenario una pareja que se había conocido en el festival.
–¡Y ahora fueron papás! Espero que le ha­yan puesto Cosquín Alberto al pibe (risas). Es muy lindo. Se ven familias enteras tiradas al sol, chicos tomando la teta. Pero también pasan otras cosas. El año pasado, días antes del comienzo, murió un chico que había ido a ver a Ciro a Santa Fe en un accidente de auto, y como ya tenía el abono, su familia vino a esparcir las cenizas en una punta del predio. Esas cosas son muy fuertes.

EL PRODUCTOR DE DON OSVALDO
Como si ya no tuviera suficiente con tener que afrontar un montón de problemas en el día a día de su trabajo, Palazzo se cargó el equipo al hombro para que Pato Fontanet pudiera volver a los esce­narios después de estar 1 año y 8 meses preso en Ezeiza. “La gira regreso surgió a partir de las reuniones que teníamos en la cárcel, que tenían que ver con sus tareas motivacionales. Él estaba muy bajoneado, ni siquiera sabía si iba a salir o no, y yo le llevé una gira armada y le propuse que, en vez de hacer un estadio grande, vayamos a todas las ciudades donde había marchas de apoyo a la banda. Eso lo re ayudó”, explica José.
–En Twitter te insultaron bastante por el tema de las entradas.
–Al principio, sí. Se agotaron y hubo mucha es­peculación. Pero después agregamos funciones y todos pudieron verlos. Había uno que me re puteaba y lo esperé a la salida de un show y le dije “che, acabás de ver al Pato, que es tu ídolo máximo, lo tenés tatuado en la espalda y en vez de verlo como un puntito en un estadio de fútbol con 50 mil personas y yo millonario, lo viste para 5 mil en lugar de 10 mil, ni siquiera estuviste apretado”. Me dio lo razón.
–¿Qué pasó en Tucumán?
–Hubo una tormenta muy fuerte y no se podía hacer. Yo lo suspendí. Subí al escenario y dije que no se hacía.
Algunos se enojaron porque no entendían nada, pero la realidad es que podían volar luces o pantallas de LED. Había mucho riesgo, chau. Pero la gente no se iba. Yo estoy convencido de que no aprendieron nada. Vino un tornado de golpe y todos los del escenario subieron a cortar las lonas para evitar el embolse, las pantallas se movían, las luces también y le pedimos a la gente que se aleje.
Se movían un poco y al toque se acercaban todos a las vallas. Hasta el tipo con menos posibilidades men­tales se daba cuenta que algo de ahí se podía caer. Pero no había forma de que se vayan. Después todo bien, se fueron de manera pacífica, no puedo hablar mal en ese sentido. Porque yo creía que nos iban a copar todo, subirse al escenario, hacer lo que se les cantara el culo. Pero les devolvimos la entrada a los que no se podían quedar al otro día y hubo 1500 que se quedaron durmiendo en las calle.
–¿Qué balance hacés de la gira?
–Vendieron 70 mil entradas. Todo agotado. El fenó­meno es difícil de explicar. Ahora lo tienen al Cholo, que les hizo todas las visuales, entonces el show es más dinámico. También pusieron los planetas en el escenario, que tienen relación con el concepto que habían pensado. Y cuando uno ve la lista de temas tiene la sensación que está frente a un artista con 30 años de trayectoria porque todo el mundo corea el 99 por ciento de las canciones, incluyendo las nuevas que aún no fueron publicadas.
–¿Cómo ves la devoción que hay por Pato en los shows y cómo lo ves psicológicamente?
–Cuando sale a tocar yo le veo la cara al público y es un fanatismo más parecido al de Luis Miguel o a Arjona que al fanatismo de rock. Y en cuanto a lo otro, en su momento, lo internamos en el Sanatorio Morras, estuvo tres meses, después salió y le dieron un alta provisoria. Pero ahora la psiquiatra ni fue a los shows. La invitamos pero no quiso ir. Y le sacó toda la medicación porque quiere que el chabón active.
–¿Le hizo mejor a su tratamiento estar en la cárcel?
–Muy bien. En el Morras la gente pensaba que estaba como en un spa, pero te voy a contar algo. Por una disposición judicial histórica, a vos te tienen que tener esposado cuando no estás en un esta­blecimiento penitenciario. Vos ibas a verlo y estaba esposado a la pata de la cama. Como un perro. El manicomio es lo menos de lo menos. Entonces, ahí pensamos que vaya Ezeiza, porque peor que eso no iba a estar y yo había ido a visitar a los otros chicos. Y en la cárcel se encontró con el PrISMA (Programa Interministerial de Salud Mental Argentino) y lo adoraron. Le llevaron una guitarra, empezó Musico­terapia y volvió a tocar. Pero pasó por cosas como que un día se levantó a la mañana, se desperezó, qué lindo día y al lado suyo tenía ahorcado a su compañero de celda. Fue muy terrible.
–¿Te trajo problemas producirle shows a los ex Callejeros?
–Al principio sí. Y otros productores me decían que estaba loco. Pero con el tiempo, todos los que me conocen, los que están en la industria, saben que fue una decisión personal, que no quiero generarle mal a nadie.

EL LOGO DE ROCAMBOLE
El artista plástico Rocambole, responsable de toda la gráfica de Los Redondos, fue el encargado de dibujar el logo de las últimas ediciones de Cosquín Rock. ¿En qué se habrá basado para crear el de este año? Revela Palazzo: “Primero me preguntó si podía dejar de usar las manos. Le dije que sí, que haga lo que quiera. Volvió y nos dijo que había hecho todo lo posible pero que no había podido escaparse de las manos. Ahora están más peluditas, más raras. Me acuerdo que el primer logo lo hizo un diseñador amigo nuestro, alto adicto a la marihuana, que decía que nosotros estábamos agarrando una brasa caliente y dibujó una mano como si estuviera agarrando una. De ahí vienen las manos.”