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“Uniendo Fisuras”: un adelanto del nuevo libro de Soda Stereo

El periodista Diego Giordano analiza "Signos", el disco que marcó la consagración del grupo de Gustavo Cerati.

Uniendo Fisuras: Signos y la consagración continental de Soda Stereo, es un libro del periodista rosarino Diego Giordano, en el cual analiza el contexto que rodeó al disco que catapultó a la masividad al grupo que comandaba Gustavo Cerati. La obra, publicada por la editorial Vademecum, se adentra no sólo en como se terminó de conformar el particular sonido del famoso trío, sino que también en cómo influyó el ambiente postdictadura en la creación del tercer álbum de estudio que los los llevó a recorrer gran parte de Latinoámerica y convertirse en un éxito continental. Este es un adelanto del segundo capítulo del libro, en el que el autor relata como como era la escena rocker argentina, y los humores dentro de la banda de Gustavo Cerati, Zeta Bosio y Charly Alberti.

Adelanto del capítulo 2: Buenos Aires under

 Una de las diferencias fundamentales que había entre la música que llegaba de Estados Unidos y la que llegaba del Reino Unido radicaba en el modo en que se utilizaba la tecnología. Los grupos británicos aprovechaban las novedades —el sistema MIDI, sin­tetizadores, procesadores y máquinas de ritmo— para trabajar el sonido desde un enfoque experimental, mientras que en el rock norteamericano esas mismas herramientas se usaban en función de una producción artística más correcta y profesional.

Para Richard Coleman, la diferencia era evidente:

Lo que llegaba de Estados Unidos estaba muy estandarizado, salvo Prince, que era muy bueno. Me acuerdo de tener discusiones con Andrés Calamaro sobre Bruce Springsteen, porque a él le gustaba mucho y yo no lo podía creer. Después de la guerra de Malvinas, un momento en el que se había prohibido la música en inglés en los medios, hubo un reboot en los gustos musicales y entró música que tenía mucha onda. Lo más revolucionario, si cabe el término, fue ese momento entre el postpunk y el tecno-pop, que a nosotros nos abrió la cabeza. En mi caso, el gusto por el postpunk fue natural. En un momento me enamoré de Cocteau Twins, era una música muy nove­dosa para la época, nunca se había escuchado algo así.

El momento más relevante, y a la vez traumático, del período dark en el país tuvo lugar a comienzos de 1987, en las caóticas pre­sentaciones de The Cure en el estadio del club Ferrocarril Oeste, las noches del 17 y 18 de marzo. Los incidentes en los recitales de rock no eran una novedad, pero tras la descompresión violenta que generó el fin de la dictadura, el tenor de los desmanes fue subiendo en intensidad; el caos desatado en la edición 87 del festival de La Falda fue el aperitivo para dos noches de pesadilla de las que Ro­bert Smith dejó testimonio en su diario de viaje, publicado por la revista británica Melody Maker.

Sobre el recital del 18 de marzo, Smith escribió:

En la mitad del set, hay varios uniformados con fuego en su cuerpo, con la mayoría de sus camaradas refugiándose bajo el escenario de la incesante y despiadada lluvia de monedas, piedras, butacas y vasos. Desafortunadamente, no todos estos objetos son tirados con pun­tería y Porl [Thompson] es el primero de nosotros en ser golpeado. Nos amargamos más y más a medida que esta situación continúa y cuando una botella de Coca me da justo en la cara durante ‘10.15’ paro de cantar y encaro a la multitud. Terminamos con una gloriosa versión punk-trash ‘Arabs-a-go-go’ y nos vamos. Afuera, el campo no tiene nada que envidiarle a Beirut y estamos más que aliviados de haber podido alcanzar el refugio del hotel. Me voy a la cama hecho pedazos, los otros pasan la mayor parte del tiempo en el bar mientras yo sueño con asesinatos.

En la opinión de Pablo Schanton, el mejor disco dark argentino es “el casete de Los Corrosivos [Estudios de casos, 1987], porque eso sí que es oscuridad suburbana y temática sórdida”. Y agrega:

También hay un dark político muy interesante en el primer Todos Tus Muertos, el último Don Cornelio y La Zona, algo en Oktubre, el disco de Los Redondos de 1986. Hay un dark con pretensiones radiales en Soda, el primer Don Cornelio, El Corte, La Sobrecarga, Fricción y Los Pillos; y hay un dark con obra eternamente under en Sentimiento Incontrolable, 1×1, Juana La Loca antes de los sónicos años 90 y El Lado Salvaje.

La mención de Schanton a Estudios de casos no es casual. El grupo formado en Banfield a mediados de los años 80 hizo de su nombre un manifiesto, y su único álbum, grabado en vivo en el Parakultural a fines de octubre de 1987, un casete de audio opaco y carácter re­vulsivo, fue editado por Daniel Melero en su sello Catálogo Incierto. Los Corrosivos cerraban sus conciertos con el tema ‘Ramón Camps es inocente’ e incluían en su repertorio una canción titulada ‘Política oficial’, de una crudeza inédita para el rock argentino: “¿Quién me arrancó todos los dientes? ¿Quién es que torturó a mi bebé? Uno es el cana de la esquina, otro es el fraile de TV”.

Quizás no exista la causalidad sociológica o, como dice Schan­ton, “el reflejo automático de un hecho político en una obra ar­tística o una subcultura”, pero muchas de las canciones escritas en este período latían en sincronía con los problemas económicos y políticos que atravesaba el país, y la llegada de discos “oscuros” desde el Reino Unido.

La dictadura ya había terminado, pero no era sencillo sacarse de encima tantos años de yugo y paranoia. Ya en 1983 Federico Moura había lanzado un llamado a terminar con el miedo y el enclaustramiento: “Hay que jugar los juegos postergados, dejar de estar cerrado con candado”, cantaba en ‘Juegos postergados’. Y el estribillo de ‘No lo comentes’, una canción de Cemento de contacto (1985), el debut discográfico de Metrópoli, decía: “Seamos inmunes a tanto veneno / mamamos su miedo pero no lo queremos”. A la lista pueden sumarse ‘Principios’, de Andrés Calamaro (Vida cruel, 1985), ‘Pánico en la ciudad’, de Suéter (20 caras bonitas, 1985), ‘País de cadáveres’ (Obediencia debida, 1986), del grupo Instrucción Cívica, y ‘Condenado’, de La Sobrecarga (Mentirse y creerse, 1987).

En el estribillo de ‘Contractura’, apertura de Cemento de contacto, se lee: “Mi amor flota en espiral / esperando que algo lo sacuda. Mi amor se va a coagular / aprisionado por tu contractura”. Las palabras escritas por Isabel de Sebastián pueden aplicarse a las sensaciones que experimentan los protagonistas de varias canciones de Nada personal.

Con nada más que tres palabras (“Comunicación sin emoción”), las primeras que canta en la canción que abre y titula el segundo álbum de Soda Stereo, Cerati define su concepto. El protagonista de ‘Nada personal’ es víctima de una sobredosis de información y no encuentra satisfacción en la avalancha de estímulos artificiales que le ofrece la televisión; espera, en cambio, algo que “sacuda” su cabeza.

El condicional que recorre de punta a punta ‘Si no fuera por’, en tanto, podría interpretarse como un síntoma de la frustración provocada por años de represión. Un verbo conjugado en condicional simple del modo indicativo se utiliza en una oración de dos partes: la primera es la proposición hipotética, la segunda expresa la concreción o no de la hipótesis. En ‘Si no fuera por’, la resolución de la proposición inicial, que está relacionada con desnudarse, arriesgarse, excitarse o divertirse, se encuentra siempre obturada por un factor indefinido.

En Nada personal, el humor irónico de su antecesor fue reemplazado por postales de un mundo hecho de apariencias y simulaciones. La música conservaba una impronta bailable, pero ya no transmitía alegría. El protagonista de ‘Imágenes retro’ —el relato claustrofóbico de una pesadilla de cocaína— siente que todo parece “un simulacro demasiado real”, y en ‘Danza rota’, Cerati canta “Soy una mueca absurda / fingiendo diversión, deseándote”. Simulacros, paranoia y engaños preparaban el terreno para la obsesión por la interpretación de señales que definiría el concepto de Signos.

Las referencias a la cocaína, el combustible de la noche porteña de los años 80, no podían no aparecer en las canciones de Cerati en un período en el que Soda Stereo trabajaba sin descanso. Oscar Sayavedra recuerda que la sustancia fue incorporada de manera natural a la rutina vertiginosa que vivía el grupo:

La coca estaba por todos lados y a toda hora. Visto en perspectiva, creo que muchos nos salvamos de estar bajo tierra, porque no había conciencia de lo destructiva que era la merca. Las relaciones dentro del grupo no se fueron minando por el tema de las drogas, existieron otros factores: cansancio, rutina, derechos autorales, control creativo de la banda… El problema con la cocaína es la paranoia y la irrealidad en la cual te mete, y eso complica más aún las cosas porque no ves claramente la realidad.

El éxito de Nada personal llevó a Soda al circuito de discotecas, y el grupo intensificó su agenda de conciertos, sobre todo en el Gran Buenos Aires, hasta llegar a Obras, que coincidió con las primeras salidas al exterior.

Los ensayos previos a la grabación de Signos se llevaron a cabo en una casa ubicada en Naón y Sucre, en el barrio de Belgrano, que se convertiría en la base de operaciones del trío hasta el final de su carrera. Soda ensayaba de lunes a viernes y tocaba en vivo de jueves a domingo.

Poco tiempo antes de entrar a estudios para registrar Signos, se tomó la decisión de suspender los conciertos de los jueves, pero durante el proceso de grabación la banda siguió actuando en directo; los viernes, los asistentes pasaban por Moebio para buscar los instrumentos y equipos, y los llevaban de vuelta el lunes por la mañana. Pero algo había cambiado.

En abril, Cerati se había mudado con Noëlle Balfour a un departamento ubicado en Juncal entre Azcuénaga y Junín. La pareja tenía pensado casarse, pero la relación terminó con la misma velocidad con que había comenzado. Rodeado de equipos de última generación, el líder de Soda compuso casi todas las canciones y arreglos de Signos. Si hasta Nada personal sus ideas se trabajaban de manera grupal en la sala de ensayo, Cerati desarrolló en soledad la mayor parte del proceso creativo que desembocó en el tercer álbum del trío.