PINTÓ

Charly García en el Coliseo: Gozar es tan parecido al amor

En un escenario que lo vio brillar en diferentes etapas de su carrera, el artista ícono del rock argentino volvió al mismo teatro con un show (casi) sorpresa.

El lobby del Teatro Coliseo se llena rápidamente. Afuera, un joven lleva a su novia con los ojos vendados y un cartel que reza  “Voy a ver a Charly y no lo sé”. Cuando llegan a la puerta, y ante la mirada atenta de un grupo de curiosos, el chico le quita el pañuelo y le dice: “Feliz Día de los Enamorados”. Ella lo besa y se pierden entre la gente.

Arriba, en el súper pullman, Fito Páez abandona su butaca para ir a estrecharse en un abrazo con Oscar Ruggeri, el mismo que en 1986 alzó la copa del mundo al ganar, con la Selección Argentina de fútbol, la final de México. Muy cerca, Sergio Maldonado (hermano del fallecido Santiago) recibe abrazos y aliento de un grupo de desconocidos. Ahora, sí, en la próxima escena aparece él: Charly García.

Unos cuantos minutos antes de las 9 de la noche se pone en marcha la máquina de ser feliz. Vestido de negro, con lentes oscuros  y un sombrero a lo cowboy, Charly hace sonar los primeros acordes de “Instituciones”,  de Sui Generis. A esta altura las butacas ya son un decorado y nadie más se quedará sentado en lo que resta del show denominado La Torre de Tesla.

Con delantales blancos y en contraste con el líder de la tropa, la banda conformada por Rosario Ortega, Fabián “Zorrito” Von Quintiero y los chilenos Kiuge Hayashida, Carlos González y Toño Silva. De fondo, una escenografía que recrea una torre con electricidad en línea con el nombre del show (la famosa Torre de Tesla fue una torre-antena de telecomunicaciones inalámbricas, un invento único para su época que funcionó desde 1901 a 1917).

La lista se pone interesante: “Cerca de la revolución”, “La máquina de ser feliz”, “Rezo por vos”. Y las emociones ya estaban destinadas a no aplacarse en toda la noche. Con “Rezo…”  se reflota el recuerdo de García y el Flaco Luis Alberto Spinetta juntos y componiendo  una de las más exquisitas piezas del cancionero nacional.

“Esta canción está dedicada a Tesla y ustedes dirán ´¿quién mierda es Tesla?´”, dice Charly  y enloquece con “Yendo de la cama al living”. Tesla, al igual que Charly, fue un inventor, el primero creó algo que el segundo también aplicaría: un sistema para transmitir energía sin cable.

Se suceden canciones como “Reloj de plastilina” y “Rivalidad”, y sobre el final de este tema,  Charly aprovecha para retomar su costado más autorreferencial. “Mirá lo que hago con la rivalidad”, suelta y aparece en loop la imagen de él tirándose a una pileta desde el piso 9 de un hotel en Mendoza, en el lejano año 2000. Después de sortear varios problemas de salud, los presentes celebran que a los 66 años, Charly esté de vuelta en un escenario y lejos de los novenos pisos.

Mientras tanto, desde el primer piso (no de un hotel mendocino sino del Teatro Coliseo), Fito Páez enloquece en cada canción, canta y aplaude como un fan, como un amigo, como alguien que fue parte de la banda en épocas de Piano Bar, cuando tenía tan solo tenía 21 años. Es probable que se haya despertado algún recuerdo al escuchar “Demoliendo hoteles”, una de las canciones que formó parte esa placa. Con ese tema llega el intervalo, Fito parte y minutos después Charly vuelve a salir a escena con “Los dinosaurios”, un retrato demoledor de tiempos oscuros de dictadura. Así se suceden “No importa” y “Fanky”.

Cuando se siente llegar el final, el Zorrito deja su teclado, cruza el escenario y le habla a Charly al oído. Vuelve dichoso a su sitio, mientras García se acerca al micrófono: “El Zorro me convenció”. Suena “Nos siguen pegando abajo”, baja el telón y las butacas continúan vacías mientras el público de pie no deja de corear los clásicos del artista, aunque él ya no esté para escucharlos.