PINTÓ

El día que conocí a Keith Richards

Jonathan Heguier es periodista y músico pero, sobre todo, fan de The Rolling Stones. En esta crónica rememora su historia con la banda que ama y a la que, empujado por su fanatismo, se fue a conocer personalmente a Estados Unidos.

“Muchas veces pensé en suicidarme. Si aún no lo hice fue porque pienso que no quiero perderme el próximo disco de los Stones”. Patti Smith

Una bandana armada con un pañuelo de mi vieja, un cinturón elástico color amarillo para contener una guitarra ficticia y una espada de plástico que me atravesaba cruzando el pecho desde el hombro izquierdo hasta el apéndice. Ese era mi vestuario. Tenía 10 años, estaba en quinto grado. No jugaba en ese entonces a ser un soldado ni un guerrero. Corría el 1994 del Maradona con las piernas cortadas por el doping en el Mundial de Estados Unidos y del triste atentado a la AMIA. En medio de la sobredosis de información sobre esos dos hechos destacados, hubo un suceso que logró hacerse un hueco y colarse. Los Rolling Stones vendrían a Argentina al año próximo. Hasta ahí, para mí era una banda desconocida. Luego supe que el “uh, uh, uh uh, uh uh” que alguna vez sonó en casa era “Miss You”. Pero no tenía en mi cabeza ningún registro de esa banda. Dire Straits, Queen, Phil Collins, Stevie Wonder y Lionel Richie era el mayoritariamente pop y poco rock que recordaba que se escuchaba en mi familia, sobre todo de parte de mi mamá.
En ese entonces, Telefé se hizo cargo en gran parte de la difusión de lo que sería un hecho histórico: los Stones iban a tocar en el país por primera vez en febrero de 1995. Y, como niño televisivo, me “comí” todos los spots, publicidades y especiales que dio ese canal sobre esta banda, primero sin quererlo y luego queriéndolo. De ahí pasé a Music21 y MTV para empezar a hurgar a esos cincuentones que vestidos con colores excéntricos, con escenarios luminosos y gigantes, con esa pose especial y un sonido bien rockero, se empezaron a meter en mi vida. El primer tema que conocí y me descolocó fue uno de los cortes del disco editado en ese año (Voodoo Lounge), llamado “You got me rocking,” que se presentó con un videoclip donde se los veía a ellos en vivo. Ahí descubrí por primera vez a Keith Richards, a ese mono viejo con gestos desenfadados e informales. Una especie nueva salida del Planeta de los simios. Se movía de un lado a otro. Con jeans rotos, una camisa con calaveras, con la guitarra meciéndose en su abdomen. Con la mirada por momentos perdida y por momentos conectado y cómplice con la banda. El primer casete que tuve de los Stones fue un regalo por el Día de Reyes y fue el ya nombrado Voodoo Lounge. Con el material en la mano, sólo había que poner play en el minicomponente, disfrazarse, tocar la espada como si fuera una guitarra y ser, por un ratito, Keith Richards. Con mi bandana y mi cinturón. Como un niño guerrero del rock. Por entradas agotadas, la mala suerte de encontrar a una persona que revendía sólo un ticket y por mis 11 años y la imposibilidad de ir solo, en ese 1995 no pude asistir a ninguno de los cinco shows que dieron los Stones en River. El primer concierto lo seguí por Telefé en vivo, lo grabé en VHS, lo seguí por la radio Rock & Pop y lo grabé en un TDK. Se fueron y no los había visto. Tampoco sabía si iban a volver.

Habían pasado 31 años y nunca habían tocado en Sudamérica. ¿Por qué volverían? Ese fue el puntapié para comenzar una “carrera” que no terminé, que no creo terminar nunca, en esta Universidad de los Stones. Lo primero que hice fue ir a Musimundo con un amigo, nos compramos un casete cada uno. Nos los regrabamos y los cambiamos en la disquería madre de los 90’. Hicimos lo mismo algunas pocas veces más. Y llenamos casi todo el “álbum de figuritas”. Completamos en su mayoría la discografía, en gran parte en casetes vírgenes TDK. Aunque nos faltaban los “difíciles” (como el primero, England’s Newest Hit Makers). Pero estábamos abastecidos. Me compré películas en VHS, como Stones at the Max (1991) o Let’s spend the night together (1982). Leí viejos diarios, nuevos diarios, artículos, revistas, guardé todo lo que aparecía en medios gráficos sobre los Stones. Empecé a leer libros: ilustrados, biografías no autorizadas. No había Internet aún en los hogares de clase media. Por lo tanto no había las miles de millones de fotos que circulan hoy sobre la banda, no había las millones de crónicas, secretos, la vida de cada uno de ellos en miles de formatos, no había entrevistas a un click, no había videos en YouTube, no había…
Los Stones volvieron. Esta vez tenía que ser. Fui a River con mi vieja. 2 de abril de 1998, a la popular. De frente al imponente escenario que trajeron para presentar Bridges to Babylon. Si “el que no salta es un inglés”, como se cantó ese día en recuerdo a las Malvinas, no hubo ni uno. Ni abajo ni arriba del escenario. Porque los británicos Stones saltaron arriba y nosotros abajo. Dieron el show que guardaré siempre como “el primero”. Los Rolling Stones se encaminaron a marcar mi vida musical, tanto como espectador, como melómano, con sus ramas y sus influencias musicales, y hasta como músico. Me llevaron a volver a agarrar una guitarra y tocar, tocar sin descanso, tener una banda, tocar en vivo, comunicarme con el mundo a través de la bandas, y de otras bandas, de la historia de los Stones, de la historia del rock, de acá, de afuera, de hacer un idioma y un sistema universal de comunicación con la música, con este estilo de música. Y el gran eje de esta historia, de mi historia con los Stones, siempre fue Keith Richards. Por su desfachatez, su amor por la música, sus creaciones, su extraña manera de tocar la guitarra con afinaciones no convencionales, por su facilidad para componer, por sus solos sin técnica pero con rock and roll al estilo Chuck Berry, por su especial liderazgo y por ser un padre y abuelo de las generaciones musicales posteriores.

Parecía que volvían a Argentina en 2002. Pero el país incendiado no era una buena parada para la banda. Así hubo que esperar hasta 2006 para dos shows, en River otra vez. Allí estuve. En el campo en el primero con amigos, en la popular en el segundo con madre y hermano, en un día donde la lluvia puso la mística necesaria para hacer de ese concierto de los mejores que los Stones hayan dado en Argentina. Tras siete años, en 2013, la impaciencia y la ansiedad fueron un cóctel explosivo para mis deseos de volver a ver a los Stones. Sentía ese temor de que no iba a volver a suceder. Ese vacío de saber que nunca más iba a volver a verlos en vivo. Por la edad de ellos (todos bordeando o superando los 70 años), por los problemas que argumentaban los empresarios argentinos sobre el dólar. Todo hacía suponer que parecía un imposible la vuelta. Así que decidí ir a donde ellos tocaran. Una gira por Estados Unidos. Y ahí me dirigí. Boston y Philadelphia, mis ciudades elegidas. Llegué el 12 de junio a Boston. Esa misma noche vi a los Stones en un estadio de NBA, como nunca antes los había escuchado. Con un sonido y una acústica imponente. Al día siguiente, como una groupie enardecida de los 60’, me puse a rastrear dónde estaban parando. ¿En un hotel en el centro, en una casa lejana en las afueras de Boston?, eran las preguntas que me hacía en esta travesía. Pregunté en dos hoteles y nada. Caminando por una de las avenidas principales de Boston, una especie de Champs-Élysées de esa ciudad, me crucé con un Four Seasons. Una cadena de hoteles que está en todo el mundo y donde los Stones pararon en sus visitas a Buenos Aires, por ejemplo. Me dio la impresión de que había dado en la tecla. Pero seguía con dudas.

Me mandé directo a la recepción y pedí hablar (por teléfono interno directo a la habitación) con algunos de los integrantes de los Stones. Pero no con sus principales protagonistas sino con los secundarios, como sus dos coristas. Me dijeron en recepción que sí, que ambos estaban allí. Luego pregunté por la manager de Richards, Jane Rose, y también estaba allí. Listo, los Stones estaban ahí. Rose es la persona que más tiempo pasa al lado de Keith desde hace 40 años. Tenía que estar ahí con ella. Y todos los demás también. Primero llamé al interno del corista, Bernard Fowler. Me atendió, mal, dormido, cansado, no tenía intenciones de bajar a saludar a un fan que llegó hasta allí desde Argentina. Luego hablé con Lisa Fischer, la corista de los Stones, que sí aceptó el pedido y prometió bajar. La esperé en la recepción, en unos sillones grandes, rojos, finos, con olor a alta gama. Los sillones estaban a dos, tres, cuatro metros de los ascensores que conectaban con las habitaciones del hotel. Permanecí aguardando a Lisa cinco minutos, quizás menos.

La espera terminó cuando se abrió el ascensor y salieron tres hombres. A uno no lo recuerdo, el otro era el corista que me había atendido mal y la tercera persona era Keith Richards. Sí, Keith Richards. Salió con su andar manso, con un pañuelo colgando en los hombros, con anteojos de sol, con sus canas al aire y con un estilo rock inconfundible. Iba hacia la zona del restaurante del hotel, contrario a donde estaba yo sentado. Me paré, me temblaba el cuerpo…
A medida que iba “desenfundando” mi cámara de fotos, le grité: “Keith, Keith, hey, I’m from Argentina”. Richards se detuvo… Se dio vuelta, me miró y, cuando di dos pasos, se me vino encima el jefe de seguridad que los Stones llevan a sus giras. Un hombre rudo, duro, ancho, con cara de villano norteamericano: un duro de matar. Nunca vi de dónde salió. Se me vino encima. Mientras yo le explicaba que lo único que quería era saludar a Keith Richards, el guitarrista que marcó a generaciones de rockeros miraba la situación parado, detenido y “bullshiteaba”. Nunca lo entendí, yo lo miraba. No supe si se disculpaba, si estaba quejándose de mi actitud o del escándalo que estábamos haciendo a pocos metros el “sacafans” y yo. Le escuché a Richards algún “fuck” y un “shit”, pero no estoy seguro aún. Su voz, esa voz alterada por los excesos, no dejó hacerse entender.
Yo terminé afuera del hotel. Me quedé un rato en la puerta parado, detenido, perplejo por la situación. El patovica de los Stones me miraba desde adentro, no me sacó la vista de encima hasta que me fui. Para Richards, ese ídolo de mi infancia y mi adolescencia que tanto admiré, habrá sido un día más en medio de una gira de los Stones. Uno de los tantos días junto a los Stones, como en estos 55 años que llevan juntos desde ese 12 de julio de 1962. Yo habré sido un fan más que se le cuela en un hotel para saludarlo. Y uno más de los que repelen para no entorpecer ni estorbar la vida diaria de un Stone en gira. No recordará nunca mi cara, mi voz ni ese entredicho. Perdí mi única oportunidad ese día de estrechar la mano de Richards, esa mano que creó los riffs mágicos de “(I can’t get no) Satisfaction”, “Start me up”, “Honky tonk women”; de abrazar al tipo que movió a millones de personas e hizo saltar estadios en todo el mundo; de regalarme una imagen junto al tipo que sobrevivió a todo y más, que hizo de su vida una aventura y que vivió para contarla. Mi carrera sigue. Aún queda mucho por leer y escuchar y seguir destejiendo sobre esta maravillosa historia que para mí es la mejor novela del Siglo XX y es la vida de los Rolling Stones.

Texto y fotos: Jonathan Heguier (@jonheguier)