PINTÓ

Graveyard en Uniclub: Hechizo del tiempo

La banda sueca presentó "Peace", su quinto disco de estudio, en Uniclub.

Graveyard es una banda detenida en el tiempo. Bien podrían haber tocado en los años 70´s o bien podría ser una banda del siglo XXI que toma las influencias de aquella década y traerlas a nuestros tiempos con ese sonido valvular y clásico que tanto persiste y que se resiste a morir. Claramente estamos hablando de la segunda opción, ya que los suecos comenzaron su carrera en el año 2006 y, tras una corta interrupción de unos meses cuando cumplían una década, volvieron al ruedo y ya van por su quinto disco de estudio, “Peace”, que es el que vinieron a presentar a Sudamérica y a la Argentina, en este caso en Uniclub.
Parco, de pocas palabras, el cantante Joakim Nilsson se limitaba a un “Thank you”, algunos tímidos “Muchas gracias” y a presentar el nombre de alguna canción en algunos momentos. Quizás fieles al estilo del noroeste de Europa, distantes y fríos en el contacto con el público, pero concentrados y apasionados en su tarea musical. El combo sueco desplegó todo su arsenal de blues-rock psicodélico, con toques de doom y -por qué no- algo de canción. El arranque fue con “Hisingen blues” y el final con la densa “The siren”, ambas del mismo disco del año 2011. En aquella gira de presentación del álbum telonearon, por ejemplo, a los legendarios Mötorhead en Berlín, Alemania. Pasaron los años, la banda siguió tocando y creciendo y son ellos los que encabezan sus propios shows.
En la blusera “Hard times lovin´” fue uno de los momentos en que se lució la Gibson SG de Jonatan Ramm, sonaba limpia, hermosa, con ese inconfundible sonido gibsoniano, combinado con la 335 roja de Nilsson, quien se encarga de los solos más filosos, donde pisa el wah-wah sin piedad. “Uncomfortably numb”, otro de los puntos altos del show, muestra una de las especialidades de Graveyard, la creación de climas; bajar a lo más denso, subir, bajar de nuevo y llevar el tema al clímax. Cerca del final, “Ain´t fit to live here”, también del citado Hisingen blues (2011), produjo lo inevitable en el público argento; el pogo.
Mucho riff de viola, una voz rasposa y una base sólida que completan el bajo de Truls Mörck y la batería de Oskar Bergenheim, el miembro más nuevo, más rubio y más movedizo de los cuatro, hacen de Graveyard una combinación demoledora para ver en vivo. Ojalá vuelvan, los estaremos esperando.

Por Fernando Piscitelli